miércoles, 29 de abril de 2020

La prodigiosa novena a la Virgen de Pompeya





La  Novena a la prodigiosa Virgen del Rosario de Pompeya para implorar gracias en los casos más desesperados, aprobada, indulgenciada y recomendada por León XIII y San Pío X, fue compuesta por Bartolo Longo en 1879, mientras estaba gravemente enfermo de fiebre tifoidea. El primer milagro producido por esta Novena fue la curación instantánea del mismo Autor el 15 de agosto de 1879, el día de la primera coronación de la Efigie de la Taumaturga. Nuestra Señora misma, apareciendo con la joven Fortunatina Agrelli, hija enferma del Commendatore Agrelli de Nápoles, le dijo: “ Cuando quieras gracias de mí, dame tres Novenas con la recitación de los quince misterios del Rosario y otras tres novenas para el día de acción de gracias.". Sigue las instrucciones de la Madre y Fortunanita obtuvo curación. Y siguiendo su ejemplo, muchos fieles obtuvieron gracias y milagros certificados. Finalmente, en 1894, Santa Catalina de Siena se le apareció a una mujer moribunda de Arpino y la instó a recitar la siguiente Novena para obtener sanidad. Santa Catalina se dignó a recitar la oración con la mujer enferma, que al final se encontró perfectamente curada. 




Coloque la imagen prodigiosa en un lugar distinto y, si puede, encienda dos velas, un símbolo de la fe que arde en el corazón del creyente.

Antes de comenzar la Novena, es recomendable rezar a Santa Catalina de Siena, para que se digne a recitarla junto con nosotros; y decir:

¡Oh Santa Catalina de Siena, mi protectora y maestra! Tú que proteges a tus devotos cuando rezan el Rosario de María, asísteme en este instante, y dígnate rezar conmigo la Novena en honor de la Reina del Rosario, que ha colocado el trono de sus favores en el Valle de Pompeya, para que por tu intercesión obtenga yo la gracia que deseo. Así sea. 

Luego se dice:

V. Dios, venid en mi ayuda.
R. Señor apresuraos a socorrerme.
V. Gloria al Padre y al hijo y al Espíritu Santo.
R. Como era en el principio, ahora y siempre y por todos los siglos de los siglos. Así sea.

I. ¡Oh Virgen inmaculada y Reina del santo Rosario!: Tú que, en estos tiempos de fe muerta y de triunfante impiedad, has querido erigir tu trono de Reina y de Madre sobre la antigua tierra de Pompeya, morada otras veces del paganismo; y en ese mismo lugar donde los ídolos y los demonios eran adorados, Tú hoy, como Madre de la divina gracia, derramas por todas partes los tesoros de misericordias celestiales: Desde ese trono donde reinas piadosa, vuelve hacia mí también tus benignos ojos, oh María, y ten compasión de mí, que tanto necesito tu ayuda. Muéstrate a mí, como te has mostrado a tantos otros, verdadera Madre de misericordia: Monstra te esse Matrem; mientras que yo, con todo mi corazón, te saludo y te invoco mi Soberana, y Reina del Santísimo Rosario.

Dios te salve, Reina y Madre de misericordia...
.
.
II. Postrada al pié de tu trono, oh grande y gloriosa Señora, mi alma, llena de dolor, te venera, y gime y clama a Tí; y en medio de las angustias y aflicciones en que me hallo, levanto mis ojos confiando en Tí, que te has dignado elegir por morada estas tierras de pobres y abandonados aldeanos. Y ahí, justamente enfrente de la ciudad y del anfiteatro de los placeres paganos, donde reinan el silencio y las ruinas, Tú, como Reina de las Victorias, has levantado tu poderosa voz, para llamar de todas las partes de Italia y del mundo católico a tus devotos, para eregirte un templo. Compadécete, en fin, de mi alma, que yace humillada en el cieno. Ten misericordia de mí, oh Señora, ten misericordia de mí que estoy lleno de miserias y de humillación. Tú, que eres el exterminio de los demonios, defiéndeme de los enemigos que me asaltan. Tú, que eres el socorro de los cristianos, líbrame del abismo de tribulaciones en que me hallo miserablemente sumergido. Tú, que eres la Vida nuestra, triunfa de la muerte que amenaza a mi alma en los peligros en que se halla expuesta, y dame nuevamente la paz, la tranquilidad, el amor y la salud. Así sea.

Dios te salve, Reina y Madre de misericordia...
.
.
III. ¡Ay! el oír que tantos han sido beneficiados por Tí, solo porque recurrieron a Tí con fe, me da nuevo aliento y valor para invocar tu socorro. Tú prometiste a Santo Domingo que quien te pidiese gracia por medio de tu Rosario, la alcanzaría, y yo, con tu Rosario en las manos, te llamo, oh Madre, para que cumplas tu maternal promesa. Tú misma, en nuestros días, obras continuos prodigios para alentar a tus hijos a edificarte un templo en Pompeya. Tú quieres, pues, enjugar nuestras lágrimas, aliviar nuestras tristezas! Y yo, con el corazón rebosando esperanza y lleno de viva fe, te llamo y te invoco. ¡Madre mía! Madre amada! Madre hermosa! ¡Madre dulcísima! ayúdame. Madre y Reina del Rosario de Pompeya, no tardes más en tenderme tu poderosa mano, y sálvame, porque Tú sabes que la dilación me arruinaría.

Dios te salve, Reina y Madre de misericordia...
.
.
IV. Y ¿a quién deber e recurrir sino a Tí, que eres el socorro de los miserables, el refugio de los desamparados, el consuelo de los afligidos? ¡Oh! lo reconozco; mi alma miserable y llena de culpas, merece arder en el infierno, es indigna de recibir tus mercedes. Pero ¿no eres Tú la esperanza de quien desespera, la gran Mediadora entre el hombre y Dios, la poderosa Abogada nuestra cerca del Trono del Altísimo, el Refugio de los pecadores? ¡Oh María!, di un a sola palabra en favor mió a tu divino Hijo, y Él te escuchará . Pídele pues, oh Madre mía , esta gracia que tanto necesito (se pide la gracia que se desea). Tú sola puedes obtenérmela, Tú que eres mi única esperanza, mi consuelo, mi dulzura, toda mi vida. Así lo espero, y así sea.

Dios te salve, Reina y Madre de misericordia...
.
.
V . ¡Oh Virgen y Reina del Santo Rosario! Tú que eres la Hija del Padre celestial, la Madre del Hijo divino, la Esposa del Espíritu Santo: Tú, que todo lo puedes cerca de la Sma. Trinidad, debes alcanzarme esta gracia que tanto necesito, siempre que no sea en nada contraria a mi salvación eterna (se expone la gracia que se desea). Te lo pido por tu Inmaculada Concepción, por tu divina Maternidad, por tus gozos, por tus dolores, por tus triunfos. Te lo pido por el Corazón de tu amado Jesús, por aquellos nueve meses que le llevaste en tu seno, por los trabajos de su vida, por su acerba Pasión, por su muerte de Cruz, por su Santísimo Nombre, por su preciosíma Sangre. Te lo pido, por último, por tu Corazón dulcísimo, por tu gloriosísimo Nombre, oh María, que eres Estrella del mar, poderosísima Señora, Puerta del Paraíso y Madre de todas las gracias. En Tí confío, de Tí lo espero todo, Tú debes salvarme. Así sea.
.
Dios te salve, Reina y Madre de misericordia...
.
V. Hazme digno de alabarte, oh Virgen Sagrada.
R. Dame fortaleza contra tus enemigos.
V. Ruega por nosotros, Reina del Santísimo Rosario.
R. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.
.
Oración.
Oh Dios, cuyo Hijo Unigénito con su vida, muerte y resurrección nos adquirió el premio de la salvación eterna, concédenos, os suplicamos, que meditando estos misterios en el Santísimo Rosario de la bienaventurada Virgen María, imitemos las virtudes que contienen y alcancemos los bienes que prometen. Por el mismo Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

* * *




INDULGENCIAS
Con el Rescripto de la Sagrada Congregación de Ritos del 29 de noviembre de 1887, el Santo Padre León XIII otorgó a  todos los fieles quienes con un corazón contrito y durante nueve días continuos reciten devotamente ante una Imagen de la Virgen de Pompeya esta novena compuesta de cinco oraciones, versos, y oraciones, la Indulgencia de trescientos días  una vez cada día de la misma Novena, y indulgencia plenaria a los que después de haber practicado el anterior, verdaderamente arrepentido, confesó y comulgó, en un día, o dentro de la Novena, o después de que se haya completado, y orara por un cierto espacio de tiempo según las intenciones del Sumo Pontífice . Estas indulgencias fueron confirmadas  perpetuamente  por el SP san Pio X y se hicieron aplicables a las Almas del Purgatorio (Rescritto 28 de noviembre de 1903).


ORACIÓN a Sto. Domingo y Sta. Catalina de Siena para obtener las gracias de las SS. Virgen del Rosario.

Oh Santo Sacerdote de Dios y glorioso Patriarca Santo Domingo, quien era el amigo, hijo favorito y confidente de la Reina Celestial, y muchas maravillas trabajaste en virtud del Santo Rosario, y tú, Santa Catalina de Siena, hija principal de esta Orden del Rosario y poderosa mediadora en el trono de María y en el Corazón de Jesús, desde el cual intercambiaste tu corazón: Ustedes, mis queridos santos, miren mis necesidades y tengan misericordia del estado en que me encuentro. Tenían sus corazones en la tierra abiertos a las miserias de todos los demás y sus poderosas manos para ayudarlos, ahora en el cielo vuestra caridad y poder no fallan. Oren! Deh! rueguen por mí a la Madre del Rosario y al Hijo divino, ya que tengo una gran confianza en que a través de ustedes obtendré la gracia que tanto deseo. Amén.
3 Gloria Patri

Diga una  Gloria Patri  a San Vincenzo Ferreri y una  Gloria Patri  a Santo Tomás de Aquino para obtener el don de la pureza.
Diga un Ave  para la glorificación de Bartolo Longo.



No hay comentarios:

Publicar un comentario

Se invita a los lectores a dejar comentarios respetuosos y con nombre o seudónimo.