"Esos tales son unos falsos apóstoles, unos trabajadores engañosos, que se disfrazan de apóstoles de Cristo.Y nada tiene de extraño: que el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz. Por tanto, no es mucho que sus ministros se disfracen también de ministros de justicia. Pero su fin será conforme a sus obras." (Apóstol S. Pablo, 2 Cor. XI, 13-15)

sábado, 27 de noviembre de 2021

El monaguillo que quisiera abolir la Misa tradicional

(Nota SIM: La foto no es trucada sino real, sólo está coloreada, la original puede verse aquí , y la autenticidad se demuestra al comienzo de este video.)

Una reliquia de la página de FB de Una Voce Sevilla : un joven Jorge Mario Bergoglio sirve la Santa Misa al P. Enrico Pozzoli, el sacerdote salesiano que lo había bautizado y que convenció a sus padres para que lo enviaran al seminario, a pesar de la opinión contraria de su madre

Naturalmente en 1953 el rito se celebró en lo que en ese momento, como él diría, era " la única forma de la lex orandi" (pero no lo era aún entonces: pensemos en los ritos cartujo y dominico) y que ahora, habiéndose convertido en Papa, le gustaría enviarlo al ático.

Una pregunta: Su Santidad, pero ¿le dolió tanto esa Santa Misa?

Nunca sabré lo que al volver a ver esa foto pensará...

Stefano

MiL

lunes, 22 de noviembre de 2021

CAPITALISMO - Por Juan Manuel De Prada


Del arcón: CAPITALISMO - Por Juan Manuel De Prada

En un pasaje particularmente penetrante de su obra Los límites de la cordura, Chesterton nos advertía de que los defensores del capitalismo suelen confundirse a los ojos de la gente incauta con defensores de la propiedad privada, cuando en realidad son sus más enconados enemigos. Y proponía una definición de capitalismo que considero bastante acertada. Organización económica dentro de la cual existe una clase de capitalistas, más o menos reconocible y relativamente poco numerosa, en poder de la cual se concentra el capital necesario para lograr que una gran mayoría de los ciudadanos sirva a esos capitalistas por un sueldo . Le faltó añadir, sin embargo, un elemento distintivo de esta forma de organización económica que la convierte definitivamente en una máquina depredadora; nos referimos como el lector inteligente ya habrá adivinado al principio de responsabilidad limitada, que separa la persona individual del capitalista de la personalidad jurídica de la empresa que dirige.

De este modo, el capitalismo termina de aniquilar el concepto de propiedad (que estaba ligado indisolublemente a la responsabilidad personal) para sustituirlo por el de ’empresa’ o ‘sociedad’, un artificio o embeleco jurídico que, mientras crece, reparte beneficios entre sus titulares, pero que cuando se declara en quiebra deja a acreedores y trabajadores a dos velas, obligándolos a repartirse los exiguos despojos de la sociedad quebrada, mientras el capitalista disfruta tan tranquilo de su patrimonio intacto. Y si la quiebra de la empresa pone en peligro la estabilidad económica (pensemos en los bancos, por ejemplo), el principio de responsabilidad limitada alcanza todavía un estadio más rapaz, de tal modo que las pérdidas son de inmediato socializadas, mediante exacciones tributarias, recorte de salarios, etcétera. El capitalismo, en fin, actúa como el carterista. defendiendo la empresa privada a costa de la propiedad ajena.

Decía Proudhon que la propiedad es un robo ; pero, si leemos la cita en su contexto, descubriremos que el pensador revolucionario no propone eliminar la propiedad, sino la acumulación de propiedad en unas pocas manos (o sea, el capitalismo), que considera con razón la causa principal del despotismo de unos hombres sobre otros. Como ocurre en tantos pensadores revolucionarios, su diagnóstico es certero; pero es errónea la solución que propone para acabar con este despotismo, que no es otra sino la universalización de la propiedad (o sea, el comunismo), que tal vez sea una solución inteligente en comunidades pequeñas y muy vinculadas (una congregación religiosa, por ejemplo), pero que en sociedades menos fraternas acaba generando la esclavitud propia del colectivismo.

Pero la solución errónea de Proudhon nos enseña que el capitalismo, al concentrar en unos pocos lo que por naturaleza tendría que estar repartido (y al permitir que esos pocos se enriquezcan a costa de los muchos despojados, según postula el principio de responsabilidad limitada), genera una inevitable reacción airada entre los despojados que acaba aniquilando la necesaria paz social. Por supuesto, el capitalismo, consciente de su naturaleza inicua, ha tratado (sobre todo después de que el comunismo triunfase en vastas regiones del planeta) de aplacar a la gran mayoría despojada con sobornos diversos. el más elaborado y promisorio fue el llamado ‘Estado de bienestar’, que a la postre se desveló un trampantojo limosnero; y ahora, con el llamado ‘Estado de bienestar’ quebrado, el soborno básicamente consiste en suministrar derechos de bragueta y entretenimiento a granel (con el interné erigido en máximo proveedor gratuito).

Mediante estos sobornos sucesivos (y cada vez menos convincentes) el capitalismo ha pretendido animalizar a la gente, reducirla a un estadio de bestia que halla consuelo en la satisfacción de unos pocos caprichos; y, al menos en parte, lo ha logrado. Pero solo en parte. porque está inscrito en el alma humana el deseo de ser propietario; es ley natural que el hombre quiera vivir de los frutos que le rinde su propiedad, a través del trabajo. Y, por ello mismo, el despojo sobre el que se funda el capitalismo (la concentración de esa propiedad que naturalmente debería estar repartida) deja en el alma una herida irrestañable. Son varias las agonías por las que ha atravesado el capitalismo; y en todas, en lugar de aceptar su error, ha perseverado en él. Pero las almas heridas y sangrantes suelen (sobre todo cuando se las priva de consuelo sobrenatural) reaccionar muy malamente. Ha ocurrido en el pasado y volverá a ocurrir en un futuro próximo.

Ici

domingo, 21 de noviembre de 2021

LA SEGUNDA VENIDA

R.P. Leonardo Castellani: 

El Discurso Esjatológico de Nuestro Señor Jesucristo



"El Evangelio de Jesucristo"
R.P. Leonardo Castellani

Domingo Último después de Pentecostés

La Santa Iglesia cierra y abre el año litúrgico con el llamado ''Discurso Esjatológico"(1); o sea la predicción de la Segunda Venida y el fin de este mundo; lo que se llama técnicamente la "Parusía”. Este discurso profético es el último que hizo Nuestro Señor antes de su Pasión; y está con algunas variantes en los tres Sinópticos: más extensamente en San Mateo, XXIV, de cuyo final está tomado el evangelio de hoy. Este capítulo es llamado por los exegetas el "Apokalypsis sucinto'; porque es como un resumen o bosquejo del libro profético que más tarde escribirá San Juan; y que es el último de la Sagrada Biblia.

sábado, 20 de noviembre de 2021

DESAGRAVIO A LA VUELTA DE OBLIGADO Por Antonio Caponnetto


Un <canciller> salvajemente ignorante, fruto opimo de una raza de corruptos: Santiago Cafiero, desconoce la fecha de la honrosa batalla. Lo corrige el más crápula de los fernández con patente de corso y diploma de imbécil, y el <canciller> vuelve a confundirse y ríe estúpidamente ante su propia salvajada.

 

Una mujeruca abortera y a favor de la contranatura, Estela Díaz, a cargo del autodenominado Ministerio de las Mujeres, Políticas de Género y Diversidad, en el gheto de Kicillof, exalta el papel de las mujeres en aquella gesta, acusando al patriarcado historiográfico de haberlas silenciado. Como si los nombres de esas ilustres matronas fueran un reciente hallazgo arqueológico y no una presencia ya registrada en los mejores historiadores que supo tener la patria.

 

 Y el postre de esta comilona putrefacta y maloliente: un <presidente> que pretende analogar su inventado e insostenible triunfo ético en las últimas elecciones con la victoria moral de la perpetua hazaña de Obligado. Confundiendo a mansalva la inexorable e inicua ley numérica del sufragio universal – quien  gana es el dueño de la mitad más uno, a secas- con la ley de la guerra justa, en virtud de la cual, como sucedió el 20 de noviembre de 1845, el vencedor puede serlo cualitativamente.

 

Porque en esa Ley del Buen Combate, el éxito de las cifras no legitima necesariamente el triunfo. Todo lo contrario de lo que sucede al amparo de la leguleyería democrática, según la cual no hay otra victoria que la que determinan fatal y fríamente  los dígitos computados. La retórica hiperbólica que ha querido instalar nuestro primer pelele, no se aplica a la contabilidad de las urnas escrutadas. Un papelito más, ganan; uno menos, pierden. Así de simple y de perverso. 


          Varias veces nuestros amables, queridos y pacientes lectores se nos quejan diciéndonos que para entender algún fragmento o palabra de lo que escribimos tienen que acudir a algún diccionario. Creo que esta vez no tendrán problemas de inteligibilidad. Estos peronistas que gobiernan, diciendo y haciendo roñas –con la historia y con todo lo demás- y estos liberales que fungen de oposición, empezando por los sedicentes derechoides de todo pelaje, son todos unos hijos de puta. No sé si me explico.


 La gloriosa y memorable fecha del 20 de Noviembre, no les pertenece a quienes oficialmente la festejan. Tampoco al partido que representan, ni a los agentes regiminosos que alrededor de ese partido medran y lucran corruptamente. Rosas no admite comparación con sus ídolos populistas, ni cuadra su presencia en ninguna “galería de próceres latinoamericanos”, a más de uno de los cuales hubiera lanceado a campo traviesa. Las celebraciones gubernamentales son ultraje y mentira.  El Rosas que reivindican no existió. El Rosas que existió los habría fusilado o pasado a degüello.


 Nada de esto ya importa. Vencedor del tiempo y del espacio —como los héroes genuinos— los argentinos cabales rinden tributo a su memoria, a quienes cayeron en la Vuelta de Obligado, y a quienes —cuando hacerlo supuso riesgos fieros— reivindicaron, en soledad y contracorriente, la verdadera talla del Ilustre Restaurador de las Leyes. Quieran hacer justicia los versos que enhebramos:

 

Ni cuzcos ladradores ni doctores me traigan,

ni tibios lomos negros de chiripá o levita,

que no vengan logistas a hollar estas barrancas,

donde el duelo y la sangre supieron darse cita.

 

Auséntense los torvos, cismáticos o flojos,

espadas sin cabeza, sin blasón ni coraje,

esta Vuelta del río reclama en sus orillas

la vieja aristocracia del sufrido gauchaje.

 

Ninguna voz rendida se escuche en el remanso

del Paraná poblado de recuerdos fecundos,

ninguno se presente de los que han hocicado,

una vez y por siempre los he llamado inmundos.

 

Que no lleguen tampoco los que enturbiaron nombres

de patriadas antiguas galopando en montón,

ni los profanadores de la historia se acerquen,

sólo quiero a los fieles de la Federación.

 

¡Encadene el oleaje, mi General Mansilla,

atenace torrentes, eslabone los vientos,

que silven los boyeros, y en las cañas tacuaras

flameen los pendones amarrados con tientos!

 

¡Usted, Coronel Thorne, desenvaine cañones,

camarada Quiroga: honre al padre que hereda,

Capitán Tomás Craig, ancle el buque al pellejo

y usted, Ramón Rodríguez, con su furia proceda!

 

Si la tierra trepida sabrán los extranjeros,

que las almas batallan con leal veteranía

invisible y perenne como un yelmo de plata

como ajorca que enlaza la fiel soberanía.

 

Comandante Barreda, Artillero Palacios,

alumbren las estrellas de este patrio noviembre,

y en el último ataque que cada puño sea

la semilla que labre, que coseche y que siembre.

 

Nada importa esta tarde que la proa invasora

nos aventaje en fuego de metrallas filosas,

mis mazorqueros tienen bayonetas caladas

y me sigo llamando Don Juan Manuel de Rosas.

 

Resistí a los falsarios, la conjura de escribas,

en mil páginas negras que fraguó belcebú,

venceré a los que intenten torcer mi empuñadura,

yo soy el heredero del sable de Maipú.

Mañana cuando lleguen las horas más aciagas,

aunque ni un ceibo quede en mi pampa plantado,

Señor, se alce una boca para gritar de nuevo:

No han de pasar por esta Vuelta de Obligado.

 


Antonio Caponnetto



LA MISA DE PABLO VI, HEMORRAGIA DE LO SAGRADO

Del arcón: PAIX LITURGIQUE - Correo 86 publicado el 2 Abril 2018


Comunión en Manila en enero de 2015, durante una visita del Papa Francisco: pérdida del sentido de lo sagrado, pérdida del sentido eucarístico, el triste fruto de una reforma litúrgica que pretendía hacer más "comprensibles" los divinos misterios.



I – El ecumenismo como telón de fondo, pero solo en dirección al protestantismo

En el ámbito de la liturgia, el ecumenismo, palabra clave del Vaticano II, solo ha apuntado hacia el protestantismo. El Consilium para la aplicación de la reforma litúrgica, cuyo secretario era Mons. Annibale Bugnini, apartó de inmediato la veleidad de invitar a observadores ortodoxos, que él mismo había expresado previamente. En cambio, ya desde la sesión de octubre de 1966, cinco observadores protestantes asistieron a sus asambleas: dos designados por la Comunión anglicana; uno por el Consejo Ecuménico de Iglesias; uno por la Federación Luterana Mundial; y uno por la Comunidad de Taizé (Max Thurian), que asistieron a todas las reuniones. Poner la revisión total de la liturgia romana bajo la observación de representantes de las comunidades más críticas del culto «papista» era una revolución.

Fueron oficialmente consultados en diversas ocasiones. Por ejemplo, lo relativo a la eucaristía con una perspectiva ecuménica en la instrucción Eucharisticum mysterium, del 25 de mayo de 1967, fue redactado «teniendo en cuenta las observaciones de los hermanos no católicos» (Jean-Marie Roger Tillard, La Maison-Dieu, 3.er trimestre de 1967, p. 55). Más generalmente, esta influencia se ha manifestado, en un afán por «ir en su misma dirección», como por ejemplo, en la redacción de las nuevas colectas del santoral, en donde se buscó «suprimir en la medida de lo posible toda alusión a la intercesión de los santos» (Pierre Jounel, La Maison-Dieu, 1.er trimestre de 1971, p. 182).

Pero el principal punto de colaboración ecuménica ha sido la composición de un nuevo leccionario dominical. Los observadores protestantes han explicado, por ejemplo, que les chocaba que la liturgia tradicional utilizara pasajes de los libros de la Sabiduría para las fiestas marianas (Pierre Jounel, "Le Culte de la Vierge Marie dans l'année liturgique", Paroisse et Liturgie 87, pp. 13-14), y se les ha dado plena satisfacción. La cuestión era: ¿había que enriquecer el leccionario tradicional o crear uno completamente nuevo? Se pensó en un enriquecimiento siguiendo la tradición con un sistema de lecturas complementarias antiguamente en uso en algunos lugares, pero el P. Cipriano Vagaggini logró convencer a sus cofrades de que era necesario efectuar una revisión total.

Finalmente, el leccionario quedó así organizado:
1/ El leccionario de los domingos y fiestas introduce el principio de tres lecturas, con una lectura semi-continua de las epístolas y los evangelios en dos ciclos independientes.
2/ El leccionario ferial, con dos lecturas, donde la primera lectura consta de un ciclo de dos años, mientras el evangelio comprende un ciclo anual.
3/ El leccionario de los santos, con dos lecturas. Solo los textos que se refieren estrictamente a tal o cual santo son, de hecho, obligatorios. Y en las lecturas que acompañan los sacramentos, bautismos, bodas o exequias, reina la libertad.

En definitiva, una tradición más que milenaria ha sido subvertida, con la desvalorización de toda una tradición de comentarios antiguos (San Buenaventura) o modernos (Dom Guéranger) que se remitían al venerable leccionario romano.

II – Una expresión disminuida de la presencia real


Como resultado de este contexto ecuménico favorable al protestantismo se debilitó la reverencia debida a la presencia real en la Eucaristía. Esto surge de un conjunto de transformaciones.

Así, se han reducido las genuflexiones del sacerdote después de la consagración (doce en el misal tridentino, tres en el misal nuevo).

Se ha suprimido la obligación de unir el pulgar y el índice de cada mano desde la consagración hasta la purificación que sigue a la comunión. Esta práctica evitaba la caída de partículas de la hostia que hubieran podido pegarse a los dedos. Ya no existe el frotamiento de estos dos dedos encima del cáliz, que se realizaba por precaución después de cada contacto con la hostia. Como tampoco se recogen con la patena las partículas que podrían encontrarse en el corporal, para hacerlas caer en el cáliz, antes de la comunión de la Preciosísima Sangre. Por último, se ha suprimido la purificación de los dedos con agua y vino después de la distribución de la comunión.

Ya no es obligatorio que la copa del cáliz y del copón, así como la parte cóncava de la patena, sean doradas en honor a las sagradas especies. Un solo mantel basta sobre el altar, y no los tres manteles tradicionales que podían absorber el vino consagrado si llegaba a derramarse. La palia que recubría el cáliz para impedir que cayeran en él polvo o insectos se ha vuelto facultativa.

El relato de la Institución aparece, en el misal nuevo, más como una narración de un acontecimiento pasado que como una intimación sobre el pan y el vino presentes en el altar, en la medida en que los caracteres tipográficos utilizados para las palabras consagratorias son idénticos a los que las preceden y las siguen, mientras que en el misal tradicional, esas mismas palabras están impresas con caracteres netamente más gruesos. Del mismo modo, mientras que en el misal tradicional el Hoc est enim Corpus… y el Hic est enim calix… están separados de lo que precede por un punto y aparte, en el nuevo misal estas palabras están introducidas por dos puntos en el mismo renglón, como si introdujeran una cita narrativa.

La oración Perceptio Corporis tui, la más reverencial entre las oraciones preparatorias a la comunión –«Que la recepción de tu Cuerpo y tu Sangre, Señor Jesucristo, que aunque indigno, me atrevo a recibir, no sea para mí causa de juicio y condenación...»– se omite en el nuevo misal.

La modificación más importante del punto de vista del signo y de sus consecuencias en la reverencia y la fe de los fieles, es la introducción de la comunión en la mano por parte de los fieles. A partir de 1965/1966, sin autorización alguna, había comenzado a darse la comunión en la mano, abuso cubierto por las conferencias episcopales. La Santa Sede organizó entonces una extraña encuesta a los obispos del mundo para saber si esta práctica «salvaje» era legítima o no. Las respuestas enviadas por los obispos fueron en su gran mayoría negativas: la comunión en la mano no era legítima. Sin embargo, la Instrucción Memoriale Domini del 29 de mayo de 1969 le ha concedido el estatus de «excepción»: la comunión tradicional de rodillas y en la boca seguía siendo la regla, pero la Santa Sede dejaba a juicio de las conferencias episcopales la autorización de la comunión en la mano. Y el abuso, convertido en «excepción», se ha transformado rápidamente en regla: la casi totalidad de las conferencias episcopales han adoptado esta nueva manera de recepción de la comunión. En concreto, realizada en el contexto de la modernidad, esta recepción de la hostia consagrada en la mano quebraba una larga tradición de respeto religioso y conducía a la banalización de uno de los momentos litúrgicos más importantes y destacados para los fieles que participan en los divinos misterios.

III – El sacerdote jerarca se convierte en presidente


Paradójicamente, en la liturgia reformada, la distinción entre el presidente y los fieles se ha acentuado. En efecto, las formas cultuales tradicionales fundían a todos los participantes en un mismo conjunto ritualizado. El débil ritualismo de las ceremonias nuevas así como la gran cantidad de intervenciones libres del celebrante dejan un lugar considerable a su «juego» personal. Su presencia, en un acto cultual en lengua vernácula de principio a fin con algo de improvisación incluida, se destaca mucho más que en la forma tradicional.

En la misa nueva, el oficiante, más que un jerarca que intercede por su pueblo, es el presidente de la asamblea. La distinción sacramental entre el sacerdote y los ministros y fieles es menos marcada, como resulta de un conjunto de detalles: el Confiteor del comienzo de la misa es común a todos, el sacerdote ya no da la absolución que le seguía, mientras que en el misal antiguo hay un Confiteor reservado al sacerdote, seguido por el de los ministros y la absolución del sacerdote. Este pedido de purificación del alma del ministro se repetía dos veces más con dos oraciones que rezaba el sacerdote, una al subir al altar, extraída del Sacramentario leonino («Borra, oh Señor, nuestras iniquidades»), la otra al inclinarse ante el altar («Rogámoste, Señor, que por los méritos de tus santos, cuyas reliquias están aquí, y por los de todos los santos, te dignes perdonarme todos mis pecados»). La antigua distinción entre la comunión del sacerdote y la de los fieles (el celebrante pronunciaba tres veces el Domine non sum dignus…, comulgaba el Cuerpo y la Sangre y, después, se volvía hacia los fieles, quienes recitaban también tres veces el Domine non sum dignus…) ha sido abolida: el sacerdote dice con el pueblo, una vez, Señor, no soy digno de que entres en mi casa..., comulga y comienza la comunión de los fieles.

En cuanto a los acólitos, hay una inversión. En la misa tradicional, pueden ser laicos, pero durante el tiempo de la celebración se los asimila a los clérigos. En la misa nueva, los ministros del altar, claramente, siguen siendo laicos, lo que laiciza la celebración. Esto llega muy lejos: el motu proprio Ministeria quaedam de Pablol VI, del 15 de agosto de 1972, que ha suprimido las órdenes menores y el sub-diaconado, solo ha dejado subsistir los dos ministerios de lector y acólito, reservados a los hombres, quienes no obstante, permanecen en su condición de simples laicos. En todo caso, los diversos servicios litúrgicos de la misa, lecturas, intenciones de la oración universal, dirección de los cantos de la asamblea, moniciones y comentarios, distribución de la comunión como ministro extraordinario, son desempeñados por los fieles, en su calidad de laicos. Y esto lo confirma el hecho de que pueden ser tanto hombres como mujeres, quienes, al menos hasta ahora, no tienen acceso a la clericatura.

En lo que al servicio inmediato del altar se refiere, las instrucciones Liturgicæ instaurationes, del 5 de septiembre de 1970 e Inæstimabile donum, del 3 de abril de 1980, recordaban que las mujeres tenían prohibido el servicio del altar. A pesar de lo cual, la presencia de monaguillas se extendía cada vez más. Entonces, siguiendo el proceso habitual, se pasó de la prohibición a la autorización excepcional de lo que, en realidad, era la práctica común: una respuesta de la Congregación para el Culto Divino del 15 de marzo de 1994 precisaba que el principio seguía siendo idéntico («Siempre será oportuno seguir la noble tradición del servicio del altar confiado a niños varones»), pero que cada obispo podía, si lo consideraba oportuno, autorizar este servicio en calidad de «delegación temporaria». Una vez más, el abuso, recalificado como «excepción», se ha convertido prácticamente en la regla.

IV – Menos transcendencia, más «inserción en la vida»


El tema de una participación activa de todos los bautizados iba de la mano con la adaptación de los textos, gestos y símbolos para lograr una mejor comprensión del mensaje. La liturgia debía ser más pedagógica para los hombres de hoy (Sacrosanctum Concilium, n. 34). Esto muestra un extraño desconocimiento de los signos de los tiempos: nuestros contemporáneos, privados de este patrimonio simbólico por la reforma, lo buscan en las liturgias orientales y en la medida en que va siendo accesible, sencillamente, en la liturgia tradicional.

El paso de una lengua sagrada a una lengua de uso profano (y puramente profano, sin la distancia que proporciona una versión antigua, como por ejemplo, entre los anglicanos, el Book of Common Prayer o la Biblia del rey Jacobo, o el paleoeslavo entre los ortodoxos y algunos uniatas rusos) también contribuye a ello. De un discurso en una lengua propiamente litúrgica se ha pasado a un discurso en un registro inferior, que, en el mejor de los casos, recobra algo de sacralidad por el «tono sacerdotal» del celebrante, pero que, la mayoría de las veces, es totalmente banal.

La calidad de las expresiones de las nuevas oraciones, que se ha querido voluntariamente accesibles según el público al que se dirigen, acentúa esta impresión Así ocurre con la oración eucarística para diversas circunstancias: «[Jesús] que está presente en medio de nosotros, cuando somos congregados por su amor, y como hizo en otro tiempo con sus discípulos, nos explica las Escrituras y parte para nosotros el pan». En la primera oración eucarística para asambleas de niños: «Porque Jesús, un poco antes de su muerte, mientras cenaba con sus apóstoles, tomó pan de la mesa, y, dándote gracias, lo bendijo lo partió y se lo dio, diciendo: ... ». En la segunda oración para misa con niños: «En verdad, Padre bueno, hoy estamos de fiesta; nuestro corazón está lleno de agradecimiento». O también: «Él vino para arrancar de nuestros corazones el mal que nos impide ser amigos y el odio que no nos deja ser felices». En la tercera: «Podemos encontrarnos, hablar juntos. Gracias a Ti, podemos compartir nuestras dificultades y alegrías».

Aún más, contrariamente a la costumbre de la liturgia romana tradicional, ahora casi todo se dice en voz alta, en particular, la oración eucarística. Ahora bien, el silencio del canon, atestiguado desde el siglo IX, servía en la liturgia latina como iconostasio moral. El «secreto» de la acción sagrada era una de las grandes características romanas, imagen de la oración silenciosa de Cristo rumbo al sacrificio. En cambio, ahora, esta barrera misteriosa ya no existe, además de que la dicción en voz alta suele subrayar la forma bastante trivial del discurso. Uno se queda con la impresión de una «cháchara permanente», contraria a todo silencio y recogimiento. Sobre todo porque el celebrante, volens nolens, se atribuye la ceremonia a sí mismo, como si fuera un largo discurso personal.

Cabe señalar también un énfasis, cuyo origen remonta a la teología de los años cincuenta y sesenta, marcada por el descubrimiento, teñido de ingenua admiración, de las ciencias humanas. El fenómeno se manifiesta en la liturgia por el deseo de mostrarse vinculado a las realidades terrestres. El saludo entre los participantes en la eucaristía antes de la comunión destaca su solidaridad. Las «eucologías» que reemplazan el ofertorio valorizan la significación del pan y del vino como «frutos de la tierra y del trabajo de los hombres»

Este desplome de lo sagrado es el resultado de la introducción de numerosos elementos profanos en la celebración: la intervención de hombres y mujeres vestidos de paisano para hacer las lecturas o para dar la comunión como ministros extraordinarios; el saludo con la mano o con un beso en la mejilla a modo de signo de paz; el deseo de un buen domingo en la despedida de los feligreses como lo haría el panadero con sus clientes.

Sin olvidar que la generalización de la celebración realizada de modo intencional cara al pueblo contribuye enormemente a la decadencia ritual. Esta forma de celebración se había difundido mucho a comienzos de los 60, hasta convertirse en casi general hacia 1964-1965, de forma tal que la reforma conciliar ni siquiera ha legisferado sobre este punto. Por lo demás, se podría sostener que, en teoría, los textos la consideraban como una excepción (1), convertida casi en regla. La celebración nueva, con el altar-mesa más cerca de los fieles, sobre el cual se realizan a la vista y paciencia de todos, gestos bastante comunes, forma un todo con el cara al pueblo, como lo subrayan las violentas reacciones que produce toda invitación a abandonarla (2).

Mientras que las liturgias tradicionales, latinas o griegas, hacen tocar lo sobrenatural, destacando, paradójicamente, con sus gestos y palabras el carácter trascendente del misterio que develan al velar, por una especie de juego continuo de alejamiento/acercamiento (3), de todas estas «inserciones en la vida» practicadas por la reforma, resulta claramente una impresión de rebajamiento de la trascendencia del mensaje.


-----------------
(1) Ver Cyrille Dounot, «Plaidoyer pour la célébration ad orientem», L'Homme nouveau, 3 de diciembre de 2016, p. 11.
(2) No hay más que ver las provocadas por el discurso pronunciado el 5 de julio de 2016 por el cardenal Robert Sarah, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino, en la apertura del coloquio Sacra Liturgia, en Londres.
(3) Ver Martin Mosebach, La liturgie et son ennemi, Hora Decima, 2005.