viernes, 29 de abril de 2022

LOS DEICIDAS

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 «Al ver que no se llegaba a nada, sino que aumentaba el tumulto, Pilato hizo traer agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo: “Yo soy inocente de esta sangre. Es asunto de vosotros”. Y TODO el pueblo respondió: “Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos”». (San Mateo, XXVII: 24-25) 


«Cuando un inocente es condenado, no hay límites al castigo; sino que lo dejan en manos de sus enemigos, para que puedan hacerlo sufrir y morir como les plazca. ¡Pobres judíos! Vosotros atrajisteis una terrible maldición sobre vuestras cabezas al decir: “Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos”, y esa maldición, raza miserable, la lleváis hasta el día de hoy, y al Final de los Tiempos recibiréis el castigo de esa sangre inocente. ¡Oh, Jesús mío! Ten misericordia de mí, que por mis pecados he sido también la causa de tu muerte. Yo no seré obstinado como los judíos; sino que lloraré el mal trato que Te he dado. ¡Yo te amaré, por siempre, por siempre, por siempre!». (La Pasión y Muerte de Jesucristo, Meditación octava, parte II, San Alfonso María de Ligorio). 

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El Vaticano 2, queriendo extender su idea ecuménica a todas las religiones, e incluso al judaísmo, ha rechazado toda la Tradición eclesiástica.

Pero para poder hacerlo, ha falsificado la Sagrada Escritura.

En lo referente a los judíos, la falsificación de la Revelación y el rechazo de la Tradición se refieren a tres puntos esenciales: la alianza, el deicidio y el llamado antisemitismo.

Para poder comprender bien lo que se ha hecho, conviene ante todo hacer una distinción respecto al pueblo judío.

“Israel” puede entenderse en dos sentidos:

1) el Israel Espiritual, pueblo de Dios del Antiguo Testamento hasta el tiempo de Nuestro Señor Jesucristo. Su misión era preparar la venida del Mesías, en quien hallaría su perfeccionamiento.

De éste Israel, es continuación la Iglesia de Jesucristo, única heredera legítima y exclusiva de su patrimonio y misión sagrados.

 2) el Israel Carnal, que materializó, carnalizó, la promesa de Dios y la noción misma del Mesías y que, por lo tanto, prevaricó, rechazándolo en su primera Venida.

En éste Israel carnal podemos distinguir, a su vez, otras dos realidades:

a – El pueblo judío a partir de Cristo, pueblo llamado a la conversión, al bautismo, como todos los demás pueblos, pero con más urgencia y con una dilección particular a causa de su patrimonio único, y con mayor cuidado a causa de su rebelión y patrimonio actual.

b – El judaismo talmúdico: la religión actual de los judíos, aquella que no sólo ha rechazado al Mesías y cometido el deicidio, sino que persigue a su Cuerpo Místico, la Iglesia, como usurpadora de su patrimonio sagrado.

Los judíos talmúdicos siguen el Talmud: interpretación rabínica de la Ley Mosaica y código civil judío.

 La Iglesia honra al Israel espiritual, puesto que le continúa y es su heredera.

La Iglesia ama al Israel carnal llamado a la conversión, busca a los hijos de ese pueblo como a sus hijos mayores, rebeldes pero aún amados.

La Iglesia defiende su propia razón de ser y sus derechos contra las pretensiones del judaismo talmúdico, contra su odio y sus persecuciones.

El Concilio quiere a todo precio, reconciliar a la Iglesia con el judaismo talmúdico. Para esto, camufló esta reconciliación asimilándola a la conversión del pueblo judío y fundamentándola sobre el reconocimiento de la herencia común con el Israel espiritual.

En otras palabras, el Concilio, sin hacer las debidas distinciones entre Israel espiritual e Israel carnal, y entre pueblo judío a convertir y judaismo farisaico y talmúdico, identifica estos dos últimos y les atribuye los beneficios espirituales del pueblo elegido (Israel espiritual), heredados por la Iglesia Católica.

De este modo, busca la unidad sobre una base religiosa común que supone aun existente, pero que de hecho, debido a la prevaricación de Israel, ya no existe.

Para ello, debe desmentir, silenciar o condenar todo aquello que niegue o se oponga a tal pretendida base religiosa común.

Juan Pablo II en su visita del 13 de abril a la sinagoga de Roma, reafirmó esta intención: los tres puntos que quiso destacar, del n.4 del documento Nostra Aetate, señalan la falsificación de la Revelación y el abandono de la Tradición respecto a la Alianza, al deicidio y al antisemitismo.

Allí dijo:

“La religión judía no nos es extrínseca, sino que en cierto modo es intrínseca a nuestra religión. Por lo tanto, sois nuestros hermanos predilectos, y en cierto modo, se podría decir, nuestros hermanos mayores.“

Más adelante:

“A los judíos, como pueblo, no se les puede imputar culpa alguna atávica o colectiva por lo que se hizo en la Pasión de Jesús…”

“Por lo tanto, resulta inconsistente toda pretendida justificación teológica de medidas discriminatorias o, peor todavía, persecutorias.”

De donde se sigue como consecuencia:

“No es lícito decir que los judíos son reprobos o malditos… “, sino que, más aun, hay que decir, citando a San Pablo, “que los judíos permanecen muy queridos por Dios, que los ha llamado a una vocación irrevocable.”

 Lo que compromete todo este hermoso andamiaje del Concilio Vaticano II es la Cruz. Importuna, comprometedora Cruz de Cristo, escándalo para los judíos.

El Concilio ha trabajado mucho para evacuarla. En su prurito de amistad judaica, ha tratado de establecer la inocencia del judaismo en este negocio.

La redacción de 1964 del documento Nostra Aetate prohibía decir que los judíos son culpables de deicidio.

Las palabras fueron retiradas de la redacción definitiva.

Ahora bien, en virtud de la unión hipostática, Aquel que ha sido crucificado en su naturaleza humana, es una Persona divina.

Hubo por lo tanto deicidio.

Entonces, hay que demostrar que no fueron los judíos.

El Concilio los lava de esta acusación en tres movimientos:

Primero, sólo algunos de entre ellos estuvieron en el Gólgota.

Segundo, no lo hicieron expresamente ni perfectamente conscientes.

Tercero, son nuestros pecados, los pecados de todos los hombres, los que han causado la muerte de Cristo, y no los judíos.

La falsificación del evento y de su misterio es increíble.

Leamos lo que dice el mismo Concilio:

“Aunque las autoridades de los judíos con sus seguidores reclamaron la muerte de Cristo, sin embargo, lo que en su Pasión se hizo no puede ser imputado, ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían, ni a los judíos de hoy. Y si bien la Iglesia es el nuevo pueblo de Dios, no se ha de señalar a los judíos como reprobos de Dios y malditos, como si esto se dedujera de las Sagradas Escrituras.”

Juan Pablo II dijo:

“A los judíos como pueblo no se les puede imputar culpa alguna atávica o colectiva por lo que se hizo en la Pasión de Jesús… Ni indistintamente a los judíos de aquel tiempo, ni a los que han venido después, ni a los de ahora…”

“Ni indistintamente”, es decir, no sin distinción.

Es claro que no se puede atribuir la muerte de Cristo indistintamente a todos los judíos.

Pero, ¿por qué el Concilio y el Papa no hacen las distinciones necesarias y señalan cuáles son los judíos culpables?

Por otra parte, el “indistintamente”, ¿recae también sobre los “judíos de hoy”?

Evidentemente que no. De haber querido decir eso el Concilio y Juan Pablo II tendrían que haberse expresado así: “… lo que en su pasión se hizo no puede ser indistintamente imputado ni a todos los judíos que entonces vivían ni a los judíos de hoy”.

Entonces, para el Concilio y para Juan Pablo II los judíos de hoy no son para nada culpables del deicidio.

Ya veremos que no puede ser sostenida tal doctrina.

 Una vez más, se rechaza toda la Escritura y la Tradición.

Juan Pablo II reafirmó esta mala doctrina en su discurso en la Sinagoga. Ellos lo quieren y así lo afirman; rechazan toda la enseñanza formal del Evangelio de San Juan y de las Actas de los Apóstoles.

La Sagrada Escritura atestigua bien el endurecimiento de todo este pueblo, que permanece solidario a sus autoridades que condenaron a Jesús y a la turba que aplaudía su muerte.


Lejos de arrepentirse, los judíos de ese tiempo, y todos los judíos de todos los tiempos, excepto los convertidos, han suscripto a este evento en la medida de su conocimiento.

He aquí la única distinción, ¡que el Concilio y Juan Pablo II no hacen!

Imputarles pues el deicidio, es confesar el hecho.

Veamos lo que nos dice el Evangelio de San Juan para que pueda servir como material de estudio en este tema: V, 15-18; VII, 1, 19, 25-26, 30, 44; VIII, 37, 39-40, 44, 59; X, 31-33, 39; XI, 49-50, 53; XII, 9-10; XVIII, 3, 12-14, 28, 31-32, 35; XIX, 6-7, 14-16.

Podemos ver también San Mateo XXVII, 20-26; San Lucas XXIII, 20-25; Act II, 22-23, 36; III, 13-15; IV, 8-12; V 28-32; VII, 51-53; XII, 26-29.

Leamos los textos más importantes:

Jn.XIX, 6-7:

“Luego que los pontífices y sus ministros le vieron, alzaron el grito, diciendo: Crucifícale, crucifícale. Diceles Pilato: Tomadle vosotros y crucificadle, pues yo no hallo en El crimen. Respondiéronle los judíos: Nosotros tenemos una ley, y según esta ley debe morir, porque se ha hecho Hijo de Dios.”

 
Mt. XXVII, 20-26:

“Entre tanto, los principes de los sacerdotes y los ancianos persuadieron al pueblo a que pidiese la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Volvió a preguntarles el presidente: ¿A quién de los dos queréis que suelte? Respondieron ellos: A Barrabás. Replicoles Pilato: Pues, ¿qué mal ha hecho? Mas ellos comenzaron a gritar más, diciendo: Sea crucificado. Al ver Pilato que nada adelantaba, antes bien que cada vez crecía el tumulto, mandó traer agua agua y se lavó las manos a la vista del pueblo, diciendo: Inocente soy yo de la sangre de éste justo; allá os lo veáis vosotros. A lo cual respondiendo todo el pueblo, dijo: Recaiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos. Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de haberle hecho azotar, le entregó en sus manos para que fuese crucificado.”


Lc XXII, 20-25:

“Hablóles nuevamente Pilato, con deseo de libertar a Jesús. Pero ellos se pusieron a gritar, diciendo: Crucifícale, crucifícale. El, no obstante, por tercera vez les dijo: ¿Pues qué mal ha hecho éste? Yo no hallo en El delito ninguno de muerte; asi que, después de castigarle, le daré por libre. Más ellos insistían con grandes clamores pidiendo que fuese crucificado; y se aumentaba la gritería. Al fin Piloto se resolvió a acceder a su demanda. En consecuencia dio libertad, como ellos pedían, al que por causa de homicidio y sedición había sido encarcelado, y a Jesús le abandonó al arbitrio de ellos.”


Jn.XIX, 14-16:

“Era entonces la Preparación de Pascua, cerca de la hora sexta, y dijo a los judíos: Aquí tenéis a vuestro rey. Ellos, empero, gritaban: Quita, quítale de en medio, crucifícale. Díceles Piloto: ¿A vuestro rey he de crucificar? Respondieron los pontífices: No tenemos rey sino el César. Entonces se los entregó para que le crucificasen. Apoderáronse, pues, de Jesús, y le sacaron fuera.”

 
Act. II, 22-23, 36:

“¡Oh hijos de Israel! Escuchadme ahora: A Jesús de Nazareth, hombre autorizado por Dios a vuestros ojos con los milagros, maravillas y prodigios que Dios por medio de El ha hecho entre vosotros, como como todos sabéis, a este Jesús, dejado a vuestro arbitrio por una orden expresa de la voluntad de Dios y decreto de su presciencia, vosotros le habéis hecho morir, clavándole en la cruz por mano de los impíos…” “Persuádase, pues, certisimamente toda la casa de Israel, que Dios ha constituido Señor y Cristo a éste mismo Jesús al cual vosotros habéis crucificado.”


La ignorancia no excusa a los judíos del deicidio. Santo Tomás de Aquino ya respondió a esta objeción hace más de 700 años (cfr. Suma Teológica, parte III, cuestión 47, art. 5, ad3)

Los judíos son deicidas, pero ¿qué judíos y en qué proporción?

En la exactitud y claridad con que sea resuelto este interrogante, se halla toda la verdad del tema que estamos analizando.

Justamente cuando se ha querido introducir el equívoco, es preciso iluminar el error con la verdad.


Para responder con precisión, hay que atender a la presencia y vinculación del pueblo de Israel con la causa condenatoria de Jesús.

En cuanto a la presencia, son responsables los jefes, los Pontífices, como instigadores morales, y el pueblo como nación, considerado no en cuanto a su totalidad numérica pero sí en su totalidad global y solidariamente comprometida en la iniquidad de sus jefes. (Jn XVIII, 35, XIX, 15; Mt XXVII, 25).


Esas mismas frases indican, además, una solidaridad nacional no sólo entre el pueblo de Israel presente y actor de los hechos, sino también con el ausente y posterior a ellos. Entre uno y otro hay una relación de continuidad moral voluntariamente aceptada, cuyo vínculo de unión es la ley de Moisés.

En virtud de la obediencia y sujeción a la Ley, todo aquel pueblo judío de entonces, representado jurídicamente por sus autoridades, estuvo moralmente unido e implicado en la responsabilidad del deicidio.

Del mismo modo, todo el pueblo judío actual que se considera unido y formando un todo con aquel en virtud de la Ley, queda comprometido en idéntica responsabilidad moral: “Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir.”

Para no caer bajo esa acusación y culpa, deben desligarse positivamente del vínculo de la Ley y repudiar lo que en virtud de ella hicieron sus mayores al condenar a muerte a Jesús.

Si el pueblo de Israel actual acata todavía esa ley (en virtud de la cual Cristo fue condenado a muerte como blasfemo), lógicamente tiene que admitir también su aplicación particular al caso de Nuestro Señor Jesucristo.

Con lo cual todos los que se consideran sujetos a la Ley son, en alguna manera, voluntariamente deicidas, aunque en muy diversa proporción (depende del conocimiento y del consentimiento).

Otra forma de ver esta vinculación nacional en el hecho del deicidio, es a través de la solidarización que se hace del pueblo judío en todo lo que puede contribuir a engrandecerle y magnificarle a los ojos del mundo. Si la revelación, la fe, la elección, la adopción, la gloria y las promesas se aplican y convienen al pueblo a quien Dios hizo la promesa, es preciso no olvidar que, por lo mismo que ha renegado de Cristo (objeto de la promesa), está sujeto a la maldición de la Ley (Gal III, 7-10) y a las maldiciones del mismo Jesús (Mt XI, 10-24; Mt XXIII, 1-36; Lc XI, 37-52).

Así como la bendición y la gloria corresponden al pueblo que se mantuvo fiel a la promesa, así la maldición y la condenación se aplican al que, todavía después de casi dos mil años, sigue aferrado a la perfidia de sus mayores.

De su error el Concilio concluye:

“Los judíos no deben ser presentados como reprobados por Dios y malditos, como si esto se siguiese de la Sagrada Escritura.”

La Iglesia siempre ha recordado que ninguna persona es maldita o reprobada aquí abajo, sino que está llamada a convertirse y entrar en la Iglesia por el bautismo.

Pero aquello que el Concilio quiere sugerir y hacer creer como la justa interpretación de las Escrituras, es otra cosa: que el judaísmo oficial y colectivo, la nación judía, la Sinagoga, ha podido cometer el crimen de deicidio, ha podido condenar a muerte a su Mesías y Dios y, sin embargo, persistir a través de los siglos en ésta perfidia sin ser objeto de reprobación y maldición, sin ser culpable de deicidio.

Esto es confundir los términos y, en este caso, mentir.

Los judíos que, por la fe en la promesa, reconocen a Cristo como Mesías y Dios, siguen siendo herederos de Abraham y verdadero pueblo de Dios.

Pero los infieles y prevaricadores, los que positiva y obstinadamente lo rechazan, como sus padres lo rechazaron, esos no son ni serán “pueblo de Dios” mientras dure su infidelidad; y, mientras tanto, son réprobos y malditos, lo cual no implica que lo sean eternamente.
 

Primera parte visto en Miles Christi - Segunda parte del padre Juan Carlos Ceriani en Radio Cristiandad

martes, 26 de abril de 2022

Nuestra Señora del Buen Consejo de Genazzano

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26 de abril  

A poca distancia de Roma se encuentra la Basílica de Nuestra Señora del Buen Consejo, imagen que en el siglo XV se trasladó allí milagrosamente desde Scútari, Albania, huyendo de la invasión turca y en respuesta a una fervorosa oración de dos piadosos albaneses


La ciudad de Genazzano (60 km al sur de Roma), remonta al tiempo del Imperio romano. En ella los patricios y la corte imperial establecieron sus mansiones o “villas” junto a templos, anfiteatros, circos y termas, cuyas ruinas atestiguan hasta hoy su antiguo fausto. Este lugar era escenario de fiestas en honra de los dioses, algunas de las cuales eran mero pretexto para orgías paganas. Una de esas celebraciones se realizaba el día 25 de abril, en honor de la diosa Flora.

Después que Constantino el Grande diera libertad a la Iglesia, bajo el pontificado del Papa San Silvestre (336) desaparecieron en Genazzano todos los trazos de paganismo en las costumbres, y se edificó allí una primera iglesia dedicada a María Santísima, bajo la tierna invocación de Madre del Buen Consejo. Posteriormente los Agustinos levantaron en un extremo de la ciudad un modesto convento.

Con el paso de los siglos la importancia de ese primitivo templo fue decayendo, hasta que, ya bastante deteriorado, de su antigua preeminencia sólo le restaban el nombre, un bonito bajorrelieve en mármol representando a la Virgen Madre del Buen Consejo, y el privilegio de ser punto de afluencia de peregrinos que venían a pedir gracias, que María Santísima continuaba prodigándoles maternalmente.

A mediados del siglo XIV, se confió el cuidado del antiguo templo a la Orden de los Eremitas de San Agustín, a fin de asegurar la asistencia pastoral a los fieles y la conservación del venerable edificio. El trabajo de los frailes produjo una notable elevación moral y religiosa de toda la ciudad, y muchos fieles de ambos sexos ingresaron en la Orden Tercera de San Agustín.

No obstante, las dificultades financieras seguían impidiendo la tan urgente y ansiada reforma del templo de la Madre del Buen Consejo.

Un alma piadosa prepara el camino a esta nueva devoción

Pero esta gran Señora tenía prevista para esa dificultad extrema una solución providencial y maravillosa, que los hombres eran incapaces de imaginar. Ella quiso valerse de una simple terciaria agustina para realizar un prodigio único en la Historia de la Iglesia, que traería como consecuencia no sólo la restauración del templo, sino un nuevo e incomparable esplendor de aquel recinto sagrado.

Petruccia de Nocera, viuda desde 1436 y sin hijos, dedicaba la mayor parte de su tiempo a la oración y a ejecutar pequeños servicios en la iglesia de la Madonna del Buen Consejo. Le dolía ver el estado del templo, y rezaba con fervor para que pudiese ser restaurado. Por fin, decidió asumir ella misma la iniciativa. Con licencia de los frailes, entregó todo su patrimonio para el costeo de las obras de restauración y ordenó iniciarlas, contando con la ulterior ayuda de los fieles para llevarlas a buen término.

El plan había sido bien estudiado, se ampliarían todas las dimensiones de la vieja iglesia, reedificando su estructura. Pero a la mitad de las obras, Petruccia, que ya contaba 80 años de edad, constató que el monto que había ofrecido no alcanzaba para continuar los trabajos, y que nadie se había presentado para auxiliarla. Así, al momento de agotarse sus recursos las nuevas paredes se elevaban irónicamente a poco más de un metro del suelo... Entonces, algunos conocidos de la pobre terciaria comenzaron a enrostrarle la imprudencia que había cometido; otros se burlaban de ella, y hasta hubo quienes la reprendiesen severamente en público. A todos ella se contentaba en decirles: “No deis, hijos míos, tanta importancia a esta infelicidad aparente, pues os aseguro que antes de mi muerte la Santísima Virgen y nuestro Santo Padre Agustín terminarán la iglesia comenzada por mí”.

Nadie podía imaginar entonces hasta qué punto ese anuncio de Petruccia era profético.

La Santísima Virgen tomó posesión de la iglesia

La Santa Iglesia había cambiado el contenido del festejo realizado en Genazzano el 25 de abril. El pueblo que en tiempos de paganismo se reunía para entregarse al desenfreno, ya convertido pasó a festejar en la misma fecha al patrono de la ciudad, San Marcos. En la mañana de ese día, en la Iglesia de la Madre del Buen Consejo comenzaban las celebraciones con una Misa solemne, en presencia de las autoridades eclesiásticas y civiles e incontables fieles venidos de toda la región del Lacio. Había después una gran feria montada en la Plaza frente al templo, llena de pintorescas barracas de toda clase de productos, y se armaban estrados de diversiones para entretener sanamente al gentío durante el resto del día.

La imagen sale de Albania, seguida por Giorgio y De Sclavis

El 25 de abril del año 1467 era sábado. La fiesta en honor de la Madre del Buen Consejo transcurría normalmente, con gran concurso de pueblo. La incansable Petruccia iba de aquí para allá, siempre muy servicial en los oficios que le cabían, y respondiendo con paciencia a los que la interpelaban acerca de su “pretencioso” proyecto. Cuando de repente, a eso de las 4 de la tarde, se dejaron oír los acordes de una melodía agradabilísima, que parecía venir del Cielo. Todos se pusieron a escudriñar de dónde podían venir esos sones maravillosos. Entonces, por encima de los tejados y de las torres de las iglesias, en el cielo primaveral y poético del Lacio, se dejó ver una pequeña nube blanca que desprendía rayos luminosos y venía bajando al son de una melodía excepcionalmente bella. Poco a poco la nube de luz bajó hasta la misma iglesia de la Madre del Buen Consejo, donde quedó suspendida junto a la pared del fondo de la capilla inconclusa. Al mismo tiempo las campanas de la vieja torre se pusieron a repicar por sí mismas, seguidas de inmediato, en un unísono milagroso, por todos los campanarios de Genazzano. En pocos segundos la capilla quedó repleta de gente que, asombrada, acudía a admirar aquel fenómeno celestial. La nubecita se fue disipando y dejó ver un objeto bellísimo, una pintura que representa a Nuestra Señora trayendo tiernamente a su Divino Hijo en los brazos.

En el local de la aparición ya se oían vivas desbordantes de alegría a la madre de Dios, al lado de gritos: “¡Milagro! ¡Milagro!” Los que ya habían partido hacia sus ciudades volvían atrás rápidamente, pues el repique inesperado de campanas les había llamado la atención y de lejos habían podido ver la misteriosa nube luminosa que bajaba sobre Genazzano.

Muchas personas enfermas o probadas se sintieron inspiradas a pedir cura y consuelo a la imagen llegada milagrosamente, y de inmediato comenzaron a ser atendidas, como consta en documentos emitidos por las autoridades eclesiásticas locales.

Dios premió el acto de confianza


La noticia se esparció por el Lacio y después a toda Italia. Multitudes fervorosas comenzaron a acudir para venerar aquella imagen, milagrosamente suspendida en el aire. Comenzaron a llover las limosnas, como una respuesta providencial a la confianza inquebrantable de la buena Petruccia. Sus esperanzas se veían ahora realizadas. La Madonna del Paradiso, como fue llamada la imagen en el primer momento, logró así que las obras de la iglesia fuesen retomadas y en poco tiempo ésta adquiriera un aspecto majestuoso. Artistas y artesanos unieron sus talentos para construir un rico y solemne altar en la pared junto a la cual se mantenía suspenso el fresco maravilloso. Se fundieron veinte lámparas de plata que ardían en honor de la Virgen Santísima.

Para Petruccia, su misión estaba cumplida: ya podía decir, como el anciano Simeón, “Ahora puedes llevar a tu siervo”. Colmadas sus esperanzas por María, sólo le quedaba cerrar los ojos a esta vida para contemplar los de su dulcísima Abogada y Madre. Cuando falleció, los Agustinos depositaron sus restos en la iglesia, bien próximos de la sagrada imagen. Junto al altar fijaron una lápida recordando algunos trazos de su santa vida. Y desde entonces el pueblo la llamó “Beata”.

De Scutari a Genazzano


Pasado algún tiempo de la aparición, la Madonna del Paradiso quiso dar a conocer el origen del maravilloso fresco, relacionado con la penosa situación que vivía la Iglesia al otro lado del mar Adriático.

Entre los peregrinos llegados a Genazzano había dos personajes que provocaban extrañeza por sus ropas y por los trazos fisonómicos que los identificaban como extranjeros. Uno de ellos era aún joven, y el otro ya adulto. Venidos a Roma desde Albania a comienzos del año, contaron una singular historia a la cual inicialmente nadie quería dar crédito.

En enero de ese año de 1467 había muerto el último y gran monarca de los albaneses Jorge Castriota, más conocido como Scanderbeg. Él había dado altas pruebas de fidelidad heroica a la Iglesia en la lucha contra los turcos que amenazaban aplastar la pequeña nación cristiana. Desde su juventud había tomado parte en combates contra los musulmanes; en uno de ellos, en Croja, entonces capital de Albania, derrotó fragorosamente al propio sultán Amurat II. A lo largo de una serie de campañas victoriosas, en las cuales había derrotado numerosas hordas turcas que durante años hostilizaban a sus compatriotas, Scanderbeg ocupó varias fortalezas en toda Albania. Después, con su pequeño ejército de soldados montañeses bien adiestrados, quedó a la espera de nuevas embestidas turcas. Éstas no se hicieron esperar y un número incontable de infieles asoló nuevamente el territorio cristiano.

Lamentablemente el pueblo albanés sufría desde hacía tiempo la influencia del cisma bizantino, y oscilaba entre la adhesión y el rechazo a la Santa Sede. Así, a la muerte del fiel Scanderbeg Albania pagó las consecuencias de su prolongada inconstancia y tibieza. Los ejércitos turcos, viéndose libres del que llamaban “fulminante león de la guerra”, embistieron contra Albania y la ocuparon casi totalmente.

Solamente Scútari, una pequeña plaza al norte del país, aún no había sido conquistada, porque contaba con una guarnición veneciana que el mismo Scanderbeg había llamado poco antes de su muerte. Pero su caída era sólo cuestión de tiempo. Comenzó entonces el éxodo de los que no querían poner en riesgo su fe y tradiciones hacia países vecinos donde pudiesen mantener la fidelidad a la Santa Sede. Entre ellos estaban Giorgio y De Sclavis, los dos protagonistas de esta historia. Ellos también pensaban emigrar, pero algo los retenía todavía en Scútari.

Se trataba de una pequeña iglesia donde se veneraba una imagen de Nuestra Señora, misteriosamente descendida del cielo hacía doscientos años. Se decía que había venido del Oriente, y por las gracias que concedía, su santuario se había hecho el principal centro de peregrinación de Albania. El propio príncipe Scanderbeg lo había visitado varias veces con sus soldados victoriosos.

Jorge Castriota, Scanderbeg

Pero la devoción a la imagen venía menguando junto con la adhesión a Roma. Sin esto no se comprende la catástrofe albanesa. Según la expresiva lamentación de un cronista de la época, “los jóvenes y las muchachas ya no tomaban gusto en florecer el altar de María en Scútari”, y el santuario parecía ahora destinado a una inevitable destrucción.

Ésta era la gran aflicción de Giorgio y De Sclavis: dejar la patria en el infortunio, abandonando con ella aquel don celestial, el gran tesoro de Albania. Con lágrimas fueron un día al viejo templo para rogar a aquella santa Madre, en su dolorosa perplejidad, que Ella les diese el buen consejo que necesitaban. Pues les parecía que debían preservarla de la furia mahometana, pero al mismo tiempo buscar en el exilio la seguridad para sus propias almas.

Esa misma noche la Santísima Virgen les hizo saber, en sueños, lo que esperaba de ellos. Les mandó que preparasen todo lo necesario para dejar aquel país ingrato, al que nunca más verían. Agregó que el milagroso fresco iba a retirarse de Scútari para escapar a la profanación, y que iría a otro país para continuar allí derramando sus gracias. Por fin, les ordenó que siguiesen a la imagen adonde ésta fuese.

Caminaban sobre las olas como lo hiciera el Divino Maestro


A la mañana siguiente los dos amigos ya estaban listos y fueron al santuario. Aún sin saber el rumbo que los hechos tomarían, se arrodillaron ante la bienamada pintura. De repente vieron, con indescriptible emoción, que ésta comenzaba a desprenderse de la pared donde se había apoyado desde su misteriosa venida de Oriente, y habiendo dejado su nicho, quedó un momento suspendida en el aire, hasta ser envuelta por una nube blanca. Sin embargo continuaba visible para ellos a través de esta nube. Después, saliendo del templo la imagen comenzó a apartarse de Scútari, desplazándose por los aires a buena altura del suelo.

Fue avanzando hacia el Mar Adriático, a una velocidad que permitía a los dos amigos seguirla. Así anduvieron cerca de 40 km. hasta llegar a la costa. Sin detener su curso, la imagen abandonó la tierra y avanzó sobre el mar, llevando detrás suyo a los fieles Giorgio y De Sclavis, que ahora caminaban sobre las olas como lo hiciera su Divino Maestro en el lago de Genezaret.

A la noche, la nube misteriosa que de día los preservaba de los ardores del sol con su sombra benéfica, los guiaba con su luz. Así llegaron a las costas de Italia, y continuaron siguiendo la nube atravesando montañas, ríos y valles, hasta que días después avistaron las torres y las cúpulas de Roma. Pero, llegados a las puertas de la ciudad, de repente la nube desapareció...

Entonces Giorgio y De Sclavis comenzaron a deambular por la ciudad, afligidos, preguntando de iglesia en iglesia y en las calles, si allí había posado una imagen venida del Cielo. Pero no obtenían ninguna información que los pudiese reconfortar.

Éste es el extraño relato que aquellos singulares personajes insistían en hacer, despertando desconfianza y la sospecha de que estuviesen delirando...

Nunca más los dos albaneses perdieron de vista la Imagen


Fue entonces que corrió por toda Roma la asombrosa noticia de que una imagen de Nuestra Señora había aparecido en los cielos de Genazzano, en las circunstancias ya descritas. Para Giorgio y De Sclavis se encendió una luz de esperanza, y hacia allí fueron, ansiosos por saber si sería la misma Santa Madre de Scútari.

¡Cuál no fue su alegría cuando, llegados al local donde reposaba ahora la pintura milagrosa, constataron que era exactamente la misma imagen! Postrados en señal de profunda veneración e intenso afecto, alabaron y agradecieron a la Virgen el inmenso favor que les había concedido.

En poco tiempo se comprobó que la extraordinaria historia de los dos albaneses era absolutamente cierta. Los dos peregrinos fijaron su residencia definitiva en la ciudad y nunca más se apartaron de su Señora. Allí se casaron, colocando sus vidas y su descendencia bajo la protección de la Madre del Buen Consejo.

Fue así que María Santísima, con la humilde participación de una piadosa terciaria agustina y dos fieles albaneses, trasladó su maravillosa efigie de la infeliz Albania a una pequeña ciudad próxima al centro de la Cristiandad. Y desde su nuevo santuario derrama sobre el mundo un nuevo caudal de gracias, bajo la invocación de Madre del Buen Consejo.     



* Tomado de Catolicismo, nº 208-209, abril-mayo de 1968, São Paulo. (ici)

domingo, 17 de abril de 2022

SANTA PASCUA 2022 - DISCURSO DE PIO IX

 En este momento histórico, que nos ve a todos marcados por duras pruebas, ¡nuestra única ayuda está en el Señor Resucitado!

SANTA Y FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN

Laudáte Dóminum, omnes gentes : et collaudáte eum, omnes pópuli.

Quóniam confirmáta est super nos misericórdia eius : et véritas Dómini manet in ætérnum.

Alabad al Señor todas las naciones, alabadlo todos los pueblos. 

Porque su misericordia sobre nosotros dura por siempre, y la verdad del Señor permanece para siempre.

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Discurso de Pío IX para el Domingo de Resurrección

El 27 de marzo, coincidiendo con el Sábado Santo, el Sumo Pontífice recibió en audiencia a numerosos extranjeros, entre ellos no pocos protestantes. El Santo Padre les dirigió el siguiente discurso:

Antes de separarnos, hijos míos, quiero deciros una palabra, que quedará como recuerdo de la peregrinación que habéis hecho a Roma, para recibir la bendición de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo.

¿Qué os puedo decir, hijos míos? Sólo una cosa, lo que la Iglesia nos dice hoy: Cristo ha resucitado.

La resurrección es la prueba más grande, más evidente, más gloriosa de la divinidad de la Iglesia Católica, y esta prueba constituye nuestra confianza y nuestra fuerza. Si Jesucristo no hubiera resucitado, nuestra fe sería vana e infructuosa: pero gracias a Dios, Jesucristo ha resucitado.

Ahora está en el cielo rodeado de millones de ángeles y santos, de mártires que le presentan sus triunfos, de confesores que le ofrecen sus penitencias, de vírgenes que finalmente depositan sus coronas a sus pies. Y en las alturas del cielo se acuerda de los nombres de todos los que estáis aquí, los nombres de los que vivieron y los nombres de los que nacerán. Los mira, los presenta a su Padre, defiende la causa de tantos pecadores, porque, oh hijos míos, todos somos pecadores y todos necesitamos un abogado ante el Padre Eterno, un abogado como Nuestro Señor Jesucristo, que él nos llama y nos espera en el cielo. Allí no habrá más dolores, ni dolores, ni lágrimas, sino paz, alegría, felicidad eterna: allí seremos todos benditos en Jesús y por Jesús.

Pero para obtener esta gracia suprema, ¡ah! hijos míos, tenéis que merecerlo. Todos somos cristianos, pero bueno, muchas veces no vivimos como cristianos. En efecto, muchos, entre los que se llaman católicos, no viven ni como cristianos ni como católicos, cuando se alejan del espíritu de la Iglesia, cuando no respetan a sus ministros y descuidan sus sacramentos.

A usted, señor, ya que veo muchas mujeres aquí, le diré que ore: que desde entonces, usted fue elegido para dar fe de la resurrección de Nuestro Señor. Fuiste el primero en visitar la tumba; tú fuiste el primero en llevar aromas a la tumba de Jesucristo. Ha resucitado, y tú fuiste el primero en difundir la noticia. Vosotras, mujeres, tenéis la tarea más hermosa, la de llevar aromas a Jesucristo. ¿Y cuáles son estos aromas? son buenas obras, buenas oraciones. ¿Qué serías sin buenas obras y oraciones? La gracia es engañosa, la belleza es vana, y solo la mujer que teme a Dios vive eternamente. Trabaja duro, por lo tanto, para aumentar tus méritos. Deja que Dios mire tu vida: y al llegar la muerte, Dios te extenderá sus brazos y te transportará a su paraíso, cerca de Nuestro Señor Jesucristo.

A los hombres que me escuchen les diré: sean cristianos, vivan como cristianos, para que su alma pueda alabar y bendecir a Dios por toda la eternidad. Oren, oren; Rezo con vosotros, y doy mi bendición a todos: la doy a vuestras familias, a vuestros amigos, a toda la sociedad. ¡Ay! oremos juntos, oremos por la sociedad humana tan agitada y estremecida, que busca la paz y no la encuentra, ni la puede encontrar sino en el seno de Dios, esta sociedad atribulada necesita oraciones, y a ella, como a vosotros os imparto mi bendición en el nombre de Dios por el tiempo y por la eternidad.

Una correspondencia, aludiendo a este discurso, decía que «no sólo los católicos, sino los mismos protestantes quedaron profundamente conmovidos. 

Fuente: La Palabra de Pío IX, es decir, una colección de discursos y dichos de Su Santidad desde el inicio de su pontificado hasta nuestros días para la Soc. Antonio Marcone , Segunda Serie, Génova, Dirección de las Letras Católicas, 1871, pp. 116-118.

Fuentes: aquí - aquí

sábado, 16 de abril de 2022

SABADO SANTO - SABADO DE GLORIA - VIGILIA PASCUAL PRE 1955 (VIDEOS)

 SABADO SANTO - SABADO DE GLORIA - VIGILIA PASCUAL

Cambios en 1955:

1.(OHS 1956): Una bendición del cirio pascual se introduce usando un cirio que tiene que ser llevado por el diácono durante toda la ceremonia. (110)

Comentario: Cuando esta reforma entró en vigor, todos los candelabros pascuales de la cristiandad fueron inutilizados para el Sábado Santo, a pesar de que algunos se remontan a los albores del cristianismo. Con el pretexto de volver a las fuentes, muchas obras maestras litúrgicas de la antigüedad se convirtieron en piezas de museo inutilizables. El canto triple de «lumen Christi» [«La luz de Cristo»] ya no tiene una razón litúrgica de existir.

(MR 1952): El fuego nuevo y los granos de incienso son bendecidos fuera de la iglesia, pero no el cirio; el fuego se pasa a una caña, una especie de polo con tres velas en la parte superior, que se iluminan durante la procesión, sucesivamente con cada invocación de la «Lumen Christi»; por tanto, la invocación triple, una para cada vela que se enciende. Con una de estas velas se encendió el cirio pascual, que se mantuvo desde el inicio de la ceremonia en el candelabro pascual. (En muchas iglesias cristianas primitivas, la altura del candelabro requiere que el ambón sea construido a la misma altura para que se pueda alcanzar el cirio). [Ver la siguiente imagen. CAP.] El fuego (la luz de la resurrección) fue traído en la caña con su triple vela (la Santísima Trinidad) al gran cirio pascual (Cristo resucitado), con el fin de simbolizar la resurrección como el trabajo de la Santísima Trinidad. (111)

2. (OHS 1956): La fabricación de la colocación del cirio pascual en el centro del santuario después de una procesión con ella en una iglesia que se ilumina progresivamente en cada invocación de la «Lumen Christi» [«La luz de Cristo»]; y en cada invocación todos hacen genuflexión hacia el cirio [sic]; en la tercera invocación, las luces en toda la iglesia se encienden. (112)

Comentario: Después de la fabricación de una procesión con el cirio, se decidió que se colocara en el centro del santuario, donde se convierte en el punto de referencia de las oraciones, como lo fue durante la procesión; se vuelve más importante que el altar y la cruz, una extraña novedad que cambia la orientación de la oración en etapas sucesivas.

(MR 1952): El cirio se mantiene apagado en su candelabro, frecuentemente (según un rubricista que he consultado, esto debe ser «siempre» PAC) en el lado del Evangelio; el diácono y subdiácono suben a él con la caña para encenderlo durante el canto del praeconium [es decir, «Exultet»]; hasta el canto del » Exultet», las únicas velas encendidas desde el «fuego de la resurrección» son los de la caña. (113)

3. (OHS 1956): Una distorsión de la simbología del «Exultet» y de su naturaleza como una bendición diaconal. (114)

Comentario: Algunos reformadores deseaban acabar con esta ceremonia, pero el amor que siempre fue disfrutado con el canto del «Exultet» dieron lugar a que otros se opusieran a cualquier cambio en el texto: «La Comisión, sin embargo, considera oportuno preservar el texto tradicional, dado que los pasajes a ser eliminados son pocos y de poca importancia». (115) el resultado fue la enésima parodia de un canto tradicional casado con un rito ahora totalmente alterado. Así sucedió que uno de los momentos más significativos del ciclo litúrgico se convirtió en una pieza teatral de asombrosa incoherencia.

En efecto, las acciones de que se habla durante el canto del «Exultet» ya se han realizado alrededor de media hora antes en el atrio. Para los granos de incienso se canta: «Suscipe, Pater, incensi hujus sacrificium vespertinum» [«Acepta, Padre, el sacrificio de la tarde de este incienso»], (116), pero que se han insertado ya en el cirio por un buen tiempo. La iluminación del cirio con la luz de la resurrección se elabora con las palabras: «Sed jam columnae hujus praeconia novimus quam in honorem Dei rutilans ignis accendit» [«Pero ahora sabemos que las buenas nuevas de esta columna que el fuego parpadeante ilumina en honor de Dios»], (117), pero el cirio ya ha sido iluminado para entonces y una buena cantidad de cera consumida. Ya no hay ninguna lógica. El simbolismo de la luz se distorsiona aún más cuando la orden de encender todas las luces -el símbolo de la resurrección- se coreaba triunfalmente: «Alitur enim liquantibus ceris, quas en substantiam pretiosae hujus lampadis apis mater eduxit» [«Porque es alimentado por la cera que fluye, que la abeja madre ha sacado a la sustancia de esta preciosa Luz»], (118) pero es cantada en una iglesia que desde hace bastante tiempo ha sido totalmente iluminada por las velas encendidas del fuego nuevo.

Este simbolismo reformado es incomprensible por la sencilla razón de que no es simbólico: las palabras que se proclaman no tienen relación con la realidad del rito. Por otra parte, el canto del anuncio de la Pascua, en unión con las acciones que lo acompañan, constituye la bendición diaconal por excelencia. Después de la reforma, el cirio es bendecido fuera de la iglesia con agua bendita, pero se deseaba retener una parte de la antigua bendición ya que tenía una gran belleza estética; por desgracia, este enfoque reduce la liturgia a teatro.

(MR 1952): El canto del «Exultet» comienza con el cirio apagado; los granos de incienso se fijan en ella cuando el canto habla del incienso; el cirio es encendido por el diácono y las luces de la iglesia se iluminan cuando el canto hace mención de estas acciones. Estas acciones, en unión con el canto, conforman la bendición. (119)

4. (OHS 1956): Introducción de la práctica increíble de dividir la letanía en dos, en medio de la cual el agua bautismal es bendita. (120)

Comentario: Esta decisión es simplemente extravagante e incoherente. Nunca se ha oído decir que una oración impetratoria se dividiera en dos partes. La introducción de los ritos bautismales en el centro es de una incoherencia aún mayor.

(MR 1952): Una vez finalizada la bendición de la pila bautismal, las letanías se cantan antes del comienzo de la misa. (121)

5. (OHS 1956): Introducción a la colocación del agua bautismal en un cuenco en el centro del santuario, con el celebrante hacia los fieles, de espaldas al altar. (122)

Comentario: Básicamente, se decidió sustituir la pila bautismal con una olla colocada en el centro del santuario. Esta elección fue dictada, una vez más, por la obsesión de que todos los ritos deben llevarse a cabo con los «ministros sagrados de cara al pueblo,» (123) pero de espaldas a Dios; los fieles, según esta lógica, se convierten en los «verdaderos actores de la celebración…  La Comisión se mostró receptiva a las aspiraciones expresadas por el pueblo de Dios… La Iglesia estaba abierta al fermento de renovación». (124) Estas decisiones imprudentes, fundadas en un populismo pastoral que las personas nunca solicitaron, terminaron por destruir todo el edificio sagrado, desde sus orígenes hasta la actualidad.

En un tiempo, la pila bautismal estaba fuera de la iglesia o, en años sucesivos, dentro de las paredes del edificio, pero cerca de la puerta principal, ya que, según la teología católica, el bautismo es la puerta, el «Janua Sacramentorum» [«la puerta de los sacramentos»]. Es el sacramento que hace miembros de la Iglesia a los que siguen fuera. Como tal, fue simbolizado en estas costumbres litúrgicas. El catecúmeno recibe [en el bautismo] el carácter que lo hace miembro de la Iglesia; por lo tanto, debe ser recibida en la entrada, lavado en el agua del bautismo, y por lo tanto adquiere el derecho a entrar en la nave como un nuevo miembro de la Iglesia, como uno de los fieles. Sin embargo, como miembro de los fieles, entra sólo a la nave y no al santuario, en el que está el clero, que se compone de los que tienen el sacerdocio ministerial o que se mantienen en relación con ello. Se insistió en esta distinción tradicional porque el llamado sacerdocio «común» de los bautizados es distinto del sacerdocio ministerial y es distinto en esencia, no superficialmente. Son dos cosas diferentes, no grados de una sola esencia.

Con los cambios obligatorios, sin embargo, no sólo los bautizados (como ya se hizo  el Jueves Santo), sino incluso los no bautizados están convocados en el santuario, un lugar reservado para el clero. Uno que sigue siendo «presa del demonio» porque todavía tiene el pecado original, es tratado igual que aquel que ha recibido las órdenes sagradas y entra en el santuario a pesar de que sigue siendo un catecúmeno. El simbolismo tradicional, en consecuencia, está completamente masacrado.

(MR 1952): La bendición del agua bautismal se da en la pila bautismal, fuera de la iglesia o cerca de la entrada. Se recibe a cualquier catecúmeno en la entrada de la iglesia, se les da el bautismo, y luego se les permite entrar en la nave, pero no en el santuario, como es lógico, ni antes ni después de su bautismo. (125)

6. (OHS 1956): La alteración de la simbología del canto «Sicut cervus» [«Al igual que el corazón que anhela»] del Salmo 41. (126)

Comentario: Después de la creación de un baptisterio en el interior del santuario, uno se enfrenta con el problema de llevarse el agua bautismal a algún otro lugar. Se decidió, por lo tanto, idear una ceremonia para llevar el agua a la fuente después de haberla bendecido en frente de los fieles y especialmente después de otorgar cualquier bautismo que pueda haber. El transporte del agua del bautismo se lleva a cabo mientras se canta «Sicut cervus», es decir, la parte del Salmo 41, que habla de la sed de los ciervos después de haber huido de la mordedura de la serpiente y que sólo puede ser apagada al beber el agua de la salvación. En cualquier caso, no se prestó suficiente atención al hecho de que la sed de los ciervos es saciada por las aguas del bautismo después de la mordedura de la serpiente infernal; porque si el bautismo ya ha sido conferido, entonces, el ciervo ya no tiene sed, ya que, en sentido figurado, ¡ya ha bebido! El simbolismo se cambia y por lo tanto se tergiversa.

(MR 1952): Al final del canto de las profecías, el celebrante va a la pila bautismal, para continuar con la bendición del agua y el otorgamiento del bautismo, según sea necesario; Mientras tanto se canta el «Sicut cervus». (127) El canto precede, como es lógico, al otorgamiento del bautismo.

7. (OHS 1956): La creación ex nihilo de la «renovación de las promesas bautismales” (128)

Comentario: En cierto sentido, uno procede a ciegas a la hora de diseñar creaciones pastorales que no tienen fundamento verdadero en la historia de la liturgia. Siguiendo la idea de que los sacramentos deberían ser re-avivados en la conciencia, los reformadores pensaron en la renovación de las promesas bautismales. Esto se convirtió en una especie de «examen de conciencia» en relación con el sacramento recibido en el pasado. Se observó una tendencia similar en los años veinte del siglo pasado. En una velada polémica con una disposición de san Pío X, relativa a la comunión de los niños, se introdujo la práctica singular de una «comunión solemne» o «profesión de fe»; los niños de alrededor de los trece años de edad tuvieron que «rehacer» la primera comunión, en una especie de examen de conciencia sobre el sacramento recibido ya varios años antes. Esta práctica,-aunque sin poner en tela de juicio la doctrina católica de la «ex opere operato» [«de la labor realizada»]- hizo hincapié en el elemento subjetivo del sacramento sobre el objetivo. La nueva práctica eventualmente terminó oscureciendo y eclipsando el sacramento de la confirmación. Se encontró un enfoque similar en 1969 con la introducción en el Jueves Santo de la «renovación de las promesas sacerdotales». Con esta última práctica se introduce un vínculo entre las sagradas órdenes sacramentales y un orden sentimental, emocional, entre la eficacia del sacramento y un examen de conciencia, algo que rara vez se encuentra en la tradición.

El sustrato de estas innovaciones -que no tienen fundamento ni en la Escritura o en la práctica de la Iglesia- parece ser una convicción debilitada de la eficacia de los sacramentos. Aunque no es en sí mismo una innovación claramente errónea, no obstante, parece inclinarse hacia las teorías de procedencia luterana, las cuales al tiempo que niegan que «ex opere operato» tiene un papel que desempeñar, sostiene que los ritos sacramentales sirven más para «despertar la fe» que para conferir gracia.

Por otra parte es difícil entender lo que en realidad se buscaba con estas reformas, ya que de hecho fueron hechas para acortar la longitud de las celebraciones, pero se introdujeron pasajes tediosos en las ceremonias que las cargan indebidamente.

(MR 1952): La renovación de las promesas bautismales no existe, al igual que, en esta forma, nunca ha existido en la historia tradicional de la liturgia de cualquiera Este u Oeste.

8. (OHS 1956): Creación de una advertencia durante la renovación de las promesas, que puede ser recitada en la lengua vernácula. (129)

Comentario: El tono de esta exhortación moralizadora revela muy bien la época en que fue compuesta (a mediados de los años cincuenta). Hoy en día ya suena pasada de moda, además de ser un complemento bastante tedioso. También existe la forma típica a-litúrgica de voltear a los fieles durante este rito, un híbrido entre homilía y ceremonia (que disfrutará de un gran éxito en los años siguientes).

(MR 1952): No existe.

9. (OHS 1956): Introducción del Padrenuestro recitado por todos los presentes, y posiblemente en la lengua vernácula. (130)

Comentario: El Padre Nuestro es precedido por una exhortación que suena sentimental.

(MR 1952): No existe.

10. (OHS 1956): Sin ningún sentido litúrgico en absoluto, se introduce aquí la segunda parte de la letanía, roto a mitad de camino en el punto previo a la bendición del agua bautismal. (131)

Comentario: Antes de la bendición del agua bautismal, la letanía se recita de rodillas; después, se realizan un gran número de ceremonias, junto con los movimientos en el santuario; entonces está la alegría después de la bendición del agua bautismal y los bautismos que siguen; y luego la misma oración impetratoria de la letanía se reanuda en el punto preciso en el que se rompió una media hora antes y se dejó pendiente. (Sería difícil determinar si los fieles recuerdan cuando dejaron esta oración a medio terminar). Esta innovación es incoherente e incomprensible.

(MR 1952): La letanía, recitada íntegramente y sin interrupción, se canta después de la bendición de la pila bautismal y antes de la misa. (132)

11. (OHS 1956): Supresión de las oraciones al pie del altar, el Salmo «Judica me» (Sal 42), y el Confíteor al comienzo de la misa. (133)

Comentario: Se decidió que la misa debe comenzar sin la recitación del Confiteor o el salmo penitencial. El Salmo 42, que recuerda la falta de mérito del sacerdote para ascender al altar, no fue apreciado, tal vez porque tiene que ser recitado al pie del altar antes de poder subir a él. Cuando uno entiende la lógica litúrgica subyacente aquí en relación con el altar considerado como el «ara crucis» [«altar de la cruz»], un lugar sagrado y terrible, donde se hace presente la pasión redentora de Cristo, una oración que expresa la falta de mérito de cualquiera para subir esos escalones tiene sentido. La desaparición del Salmo 42 (que en los años siguientes sería eliminado de todas las misas) parece, en cambio, ser un deseo por un ritual de preparación que tiene que ver con un altar que es simbólicamente, una mesa común en lugar de Calvario. Como consecuencia de ello, el santo temor y la sensación de falta de mérito afirmada por el salmo ya no son inculcados.

(MR 1952): La misa comienza con las oraciones al pie del altar, Salmo 42 («Judica me, Deus»), y el Confíteor. (134)

12. (OHS 1956): En el mismo decreto, todos los ritos de la Vigilia de Pentecostés se suprimen, excepto la misa. (135)

Comentario: Esta supresión precipitada tiene todas las marcas de que se hicieron en el último momento. Pentecostés siempre tuvo una vigilia similar a la de Pascua en sus ceremonias. Sin embargo la reforma, no fue capaz de hacer frente a Pentecostés. Pero de nuevo, los reformadores no podían dejar sin tocar dos ritos que, con cincuenta días de diferencia, habrían sido, en el primer caso, una versión reformada y, en el otro, una versión tradicional. En su prisa decidieron suprimir el que no tenían tiempo para reformar; el hacha cayó en la vigilia de Pentecostés. Tal precipitación imprevisora ​​resultó en una edición rápida de los ritos de la vigilia de Pentecostés, de manera que los textos de la misa que siguieron tradicionalmente esos ritos ya no armonizaban con ellos. En consecuencia, en el rito violentamente mutilado, permanecen frases que son incongruentes con las palabras del celebrante durante el Canon. El Canon presume que la misa es precedida por los ritos del bautismo, que sin embargo han sido suprimidos. Como resultado, gracias a esta reforma, el celebrante recita durante el especial «Hanc igitur» las palabras relacionados con el “Pro his quoque, quos regenerare dignatus es ex aqua et Spiritu Sancto, tribuens eis remissionem peccatorum” [«para estos, también, a quien te has dignado a regenerar con agua y el Espíritu Santo, concediéndoles la remisión de sus pecados»]. (136) Sin embargo ya no hay rastro de este rito. La Comisión, en su prisa por suprimir, tal vez no se dio cuenta.

(MR 1952): La Vigilia de Pentecostés tiene ritos que son de carácter bautismal, los cuales se mencionan en el «Hanc igitur» de la misa. (137)

[110] OHS 1956, p. 86.

[111] MR 1952, p. 178.

[112] OHS 1956, p. 88.

[113] MR 1952, p. 178.

[114] OHS 1956, p. 89.

[115] N. Giampietro, op. cit., p. 318.

[116] OHS 1956, p. 94.

[117] OHS 1956, p. 94.

[118] OHS 1956, p. 94.

[119] MR 1952, p. 179-185; en términos de historia, es posible analizar la evolución de la relación de las partes cantadas con los gestos, con varias etapas siendo asignadas para la introducción de los gestos en relación con la evolución del texto; sin embargo, no se puede negar que el desarrollo del simbolismo de los gestos rituales y el significado de las palabras se ha fijado desde hace siglos de una manera armónica y bajo el sello de la tradición

[120] OHS 1956, p. 101-102, 113-114.

[121] MR 1952, p. 207.

[122] OHS 1956, p. 103.

[123] C. Braga, p. 23.

[124] C. Braga, p. 18, 19.

[125] MR 1952, p. 199 et ss.

[126] OHS 1956, p. 111; una rúbrica algo confusa se prevé para la rúbrica 23 en el caso de un baptisterio se encuentra aparte de la iglesia; en este caso, el «Sicut Cervus» se canta en un punto conveniente. Es imposible comprender la razón de esta falta de coherencia que contradice la rúbrica precedente.

[127] MR 1956, p. 199.

[128] OHS 1956, p. 112.

[129] OHS 1956, p. 112.

[130] OHS 1956, p. 112.

[131] OHS 1956, p. 113-115.

[132] MR 1952, p. 210.

[133] OHS 1956, p. 115.

[134] MR 1952, p. 210.

[135] OHS 1956, p. vi, note 16.

[136] MR 1952, p. 247.

[137] MR 1952, p. 336 et ss.

Fuente del texto: aquí

Vigilias Pascuales con rúbricas anteriores a 1955

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viernes, 15 de abril de 2022

Liturgia de Viernes Santo anterior a 1955 (Videos)

 

VIERNES SANTO

 1. (OHS 1956): Se ideó el nombre «Solemne Acción Litúrgica», (73) eliminando así los muy antiguos nombres «misa de los Presantificados» y «Feria Sexta en Parasceve”.

Comentario: La terminología de «Presantificados» subrayó el hecho de que las especies sagradas habían sido consagradas en una ceremonia anterior y mostraba la conexión con el retorno de la Eucaristía, una parte importante y antigua del rito. Sin embargo, la Comisión despreció este concepto y decidió reformar el nombre junto con el rito mismo: «[Necesitamos] recortar las extravagancias medievales, poco señaladas, de la llamada misa de los Presantificados a las líneas severas y originales de un gran servicio de comunión general» (74) El uso «en Parasceve» [es decir, viernes «en la preparación»] ya no estaba a favor, a pesar de que sus connotaciones hebreas indican su gran antigüedad.

(MR 1952): El nombre es «Misa de Presantificados» o «Feria Sexta en Parasceve”. (75)

2. (OHS 1956): El altar ya no tiene la cruz velada en él (y candelabros – CAP ). (76)

Comentaio: La cruz, en especial la que está en el altar, se ha velado desde el primer domingo de la Pasión, para que deba permanecer donde naturalmente debe estar, es decir, en el centro del altar, para ser después solemne y públicamente desvelada el Viernes Santo, el día del triunfo de la Pasión redentora. Los autores de la reforma al parecer no les gustaba la cruz del altar y decidieron que la retiraran a la sacristía en la tarde del Jueves Santo, y no de una manera solemne sino en los contenedores utilizados para llevarse los paños del altar después de desnudar los altares, o tal vez durante la noche, de alguna manera desconocida, sobre lo que las rúbricas para el Jueves Santo están en silencio. En el mismo día de la mayor importancia para la Cruz, cuando debería elevarse sobre el altar, aunque esté velada al comienzo de la ceremonia, está ausente. El hecho de que se mantuvo presente durante casi quince días en el altar, aunque públicamente velada, hace  lógica su develación pública correspondiente, en lugar de un retorno a-litúrgico de la cruz de la sacristía como si alguien la hubiera escondido allí en un armario durante la noche.

(MR 1952): La cruz permanece velada en su lugar habitual, es decir, en el altar, despojada de sus telas, y flanqueada por los candelabros habituales (77).

3. (OHS 1956): La lectura del Evangelio ya no es distinta de la lectura de la Pasión.

Comentario: Al pasaje entero se le da un título más narrativo: «La historia de la Pasión».  El motivo de este cambio no es claro, dado que la Comisión parecía oponerse a un cambio tal en el caso análogo del Domingo de Ramos. (78) Tal vez la intención era, como en todas partes, eliminar todo lo que hace referencia a la misa, como la lectura del Evangelio, y por consiguiente justificar la supresión del nombre «Misa de Presantificados».

(MR 1952): El Evangelio se canta de una manera distinta del canto de la Pasión, pero en este día de duelo, sin incienso o antorchas.  (79)

4. (OHS 1956): Los paños del altar ya no se colocan en el altar desde el comienzo de la ceremonia; al mismo tiempo, se decide que el cura no lleve la casulla desde el principio, sino sólo el alba y la estola. (80)

Comentario: El hecho que el celebrante lleve la casulla incluso para un rito que no es la misa, en sentido estricto, testifica la antigüedad extrema de estas ceremonias, que los miembros de la Comisión reconocieron también. Por un lado, sostienen que las ceremonias del Viernes Santo se componían de «elementos que (desde la antigüedad) se mantuvieron prácticamente sin tocar»,  (81), pero por otro lado deseaban introducir un cambio que separara la liturgia eucarística de la «primera parte de la liturgia, la liturgia de la palabra». (82) Esta distinción, en forma embrionaria en el momento, iba a ser marcada – según el padre Braga – por el hecho de que el celebrante llevaba la estola y no la casulla: «Para la liturgia de la palabra [el celebrante] se quedaba solamente la estola». (83)

(MR 1952): El sacerdote lleva la casulla negra, se postra ante el altar, mientras que los servidores, por su parte, extienden un solo paño en el altar desnudo.  (84)

La cuestión de la oración por los judíos, aunque completamente pertinente para el estudio de la Semana Santa, no puede ser dirigida a excepción de un estudio que da claridad a la mala interpretación filológica en relación con las palabras erróneamente interpretadas «perfidi» y «Perfidia”. (85)

5. (OHS 1956): Para la séptima oración, se introduce el nombre de «Pro unitate Ecclesiae» [«Por la unidad de la Iglesia»].  (86)

Comentario: Con esta ambigüedad expresiva se trae la idea de una Iglesia en busca de su propia unidad social, que hasta ahora no poseía. La Iglesia, según la doctrina tradicional católica, solemnemente definida, no carece de unidad social en el ámbito terrenal, ya que dicha unidad es una propiedad esencial de la verdadera Iglesia de Cristo. Esta unidad no es una característica que aún no se ha encontrado a través del diálogo ecuménico; está ya metafísicamente presente. En efecto, las palabras de Cristo: «Ut unum sint» [«Que todos sean uno»], es una oración eficaz de nuestro Señor, y como tal ya está realizada. Los que están fuera de la Iglesia deben volver a ella, debe volver a la unidad que ya existe; ellos no necesitan unirse a los católicos con el fin de lograr una unidad que ya existe. El objetivo de los reformadores, sin embargo, era eliminar de esta oración, -dice el padre Braga-, (87) algunas palabras inconvenientes que hablaban de almas engañadas por el demonio y atrapadas por la maldad de la herejía: «animas diabolica fraude deceptas» y «haeretica pravitate». Por la misma lógica, deseaban acabar con la conclusión, que expresa la esperanza de un retorno de los apartados de la unidad de la verdad de Cristo en su Iglesia: «Errantium corda resipiscant et ad veritatis tuae redeant unitatem». En cualquier caso, no fue posible reformar el texto de la oración, sino sólo el título, ya que en el momento -se lamenta Padre Braga de nuevo- «la unidad fue concebida en términos del ecumenismo preconciliar». (88) En otras palabras, en 1956, la unidad de la Iglesia se concibe como ya existente, y se le suplicaba a Dios traer de vuelta a esta unidad ya existente a aquellos que estaban separados o lejos de esta unidad. En la Comisión había miembros con ideas tradicionales que se oponían a la obra de la erosión doctrinal, aunque eran incapaces de detener la creación de híbridos teológicos, como la opción de dejar el texto tradicional, pero darle un nuevo título. El mismo Annibale Bugnini, unos diez años más tarde, reconoció que orar por la unidad futura de la Iglesia constituye una herejía, y él lo menciona en un artículo de L’Osservatore Romano que encontró fallos en el título de la oración «por la unidad de la Iglesia» introducida diez años antes por la Comisión de la que fue miembro. Alabando las oraciones introducidas recientemente en 1965, escribe que el nombre de la oración fue cambiado de «Por la unidad de la Iglesia» a «Por la unidad de los cristianos», ya que «la Iglesia ha sido siempre una», pero con el paso del tiempo fueron exitosos en la eliminación de las palabras «herejes» y «cismáticos». (89) es triste observar que estas maniobras de cambio se emplearon con la liturgia con el fin de aportar novedades teológicas.

(MR 1952): El texto es el mismo que el de 1956, en el que se reza que los herejes y cismáticos volverían a la unidad de su verdad: «ad veritatis tuae redeant unitatem», (90) pero sin el ambiguo título de la versión de 1956: «Pro unitate Ecclesiae».

6. (OHS 1956): En este punto, está la creación de una procesión de retorno de la cruz de la sacristía. (91)

Comentario: En esta ocasión, la cruz retorna de manera litúrgica, es decir, públicamente en lugar de colocar en los cestos utilizados para recoger las velas y flores de la noche anterior [la misa del Jueves Santo]. En la liturgia, cuando hay una solemne procesión de salida, hay un retorno solemne; esta innovación hace un retorno solemne de un símbolo que, la noche anterior, fue llevado junto con otros objetos de manera privada, colocándolo -en el mejor de los escenarios- en una cesta de mimbre. Parece que no hay, de hecho, ningún significado litúrgico para la introducción de esta procesión del retorno de la cruz escondida. Tal vez nos enfrentamos a un intento torpe para restaurar el rito llevado a cabo en Jerusalén, en los siglos IV y V, y que se nos dio a conocer por Egeria: «En Jerusalén la adoración tuvo lugar en el Gólgota. Egeria recuerda que la comunidad se reunía temprano por la mañana en presencia del obispo… y luego se traían las reliquias de la Cruz verdadera contenidas en el relicario de plata [teca]». (92) La restauración de esta procesión de la devolución de la cruz se llevó a cabo en un contexto que no era el del Monte Calvario de los primeros siglos, sino en el contexto de la liturgia romana, que con el tiempo se había elaborado sabiamente y había incorporado tales influencias de Jerusalén en un rito transmitido a lo largo de muchos siglos.

(MR 1952): La cruz permanece velada en el altar comenzando el Domingo de Ramos; se desvelaba públicamente en el recinto del altar, que se encuentra en el lugar donde se mantuvo velada públicamente hasta ese punto. (93)

7. (OHS 1956): Se minimizó la importancia de la procesión eucarística. (94)

Comentario: La procesión con la cruz es una nueva creación, pero la reforma decide rebajar la procesión de retorno con el Cuerpo de Cristo a una forma casi privada en una inversión inexplicable de la perspectiva. El Santísimo Sacramento se llevó el día antes de una manera solemne al altar del Sepulcro. (Deliberadamente usamos el nombre de «Sepulcro» porque toda la tradición cristiana así lo llama, incluyendo el Memoriale Rituum y la Congregación de Ritos, incluso si los miembros de la Comisión apenas toleraban este término (95); nos parece profundamente teológico y teñido de ese sensus fidei [sentido de la fe] del que carecen ciertos teólogos).  Parece lógico y «litúrgico» que para una procesión solemne como la del Jueves Santo debería ser un retorno igual de digno en el Viernes Santo. Después de todo, aquí hay una partícula del mismo Santísimo desde el día anterior, el Cuerpo de Cristo. Con esta innovación se reducen los honores que se deben al Santísimo, y, en el caso de la misa solemne [de los Presantificados], es el diácono el que se instruye ir al altar del Sepulcro para traer de vuelta el Sacramento, mientras el sacerdote se sienta tranquilamente descansando en la sedilia. El celebrante se levanta amablemente cuando Nuestro Señor, en la forma de las sagradas especies, es traído por un subalterno, y luego se va al altar mayor. Tal vez fue por esta razón que Juan XXIII no quería seguir esta rúbrica en la misa celebrada en Santa Croce de Jerusalén y deseaba ir él mismo, como el Papa, y como celebrante, para traer de vuelta el Santísimo Sacramento.

(MR 1952): El Santísimo Sacramento regresa en procesión con la misma solemnidad a la del día anterior. Es el celebrante que va a traerlo de vuelta, como es natural. Dado que uno está tratando con Nuestro Señor mismo, presente en la Hostia, y no se envía un subordinado para traerlo al altar. (96)

8. (OHS 1956): Eliminación de la incensación debida a la hostia consagrada. (97)

Comentario: No hay razón aparente para que los honores rendidos a Dios en el Viernes Santo sean inferiores a los que se prestan en otros días.

(MR 1952): La hostia consagrada se inciensa como de costumbre, aunque el celebrante no se inciensa. (98) Los signos de duelo son evidentes aquí, pero no se extienden a la presencia real.

9. (OHS 1956): Introducción de las personas que recitan el Padrenuestro. (99)

Comentario: «La preocupación pastoral de una participación consciente y activa por parte de la comunidad cristiana» es dominante. Los fieles deben convertirse en «verdaderos actores en la celebración…. Esta fue exigida por los fieles, especialmente los que estaban más en sintonía con la nueva espiritualidad…. La Comisión se mostró receptiva a las aspiraciones del pueblo de Dios». (100) Queda por demostrarse si estas aspiraciones pertenecían a los fieles o a un grupo de liturgistas de vanguardia. Queda también pendiente especificar teológicamente cuál era esta “nueva espiritualidad» y sus «aspiraciones»  mencionadas arriba.

(MR 1952): El Pater [Padre Nuestro] es recitado por el sacerdote. (101)

10. (OHS 1956): Eliminación de las oraciones que hacen referencia al sacrificio mientras se consume la hostia. (102)

Comentario: Es cierto que en este día, en el sentido estricto, no hay sacrificio eucarístico con la separación de las especies sagradas, pero también es cierto que el consumo de la víctima inmolada el día anterior, es una parte, aunque no esencial, del sacrificio. Esto es, en cierto sentido, la continuación sacramental del sacrificio, porque el cuerpo, cuando se consume, aún así, es siempre el Cuerpo inmolado y sacrificado. De acuerdo con ello, la tradición habla siempre del sacrificio en las oraciones relacionadas con el consumo de la hostia. Algunos miembros de la Comisión sostuvieron que después de tantos años de tradición había llegado el momento de corregir errores y declarar que las palabras tales como «meum ac vestrum sacrificium» [«mi sacrificio y el tuyo»] estaban «completamente fuera de lugar en este caso, ya que no se trata de un sacrificio, sino sólo de la comunión». (103) Se tomó entonces la decisión de suprimir estas oraciones antiguas.

(MR 1952): La oración, «Orate, fratres, ut meum ac vestrum sacrificium, etc.» se recita, pero, dado el contexto único, no es seguido por la respuesta habitual. (104)

11. (OHS 1956): Es abolida la colocación de una parte de la hostia consagrada en el vino en el cáliz. (105)

Comentario: La colocación de una partícula de la hostia consagrada (un rito conocido también en el rito bizantino) en el vino sin consagrar, obviamente no consagra el vino, ni nunca se ha creído esto por la Iglesia. En pocas palabras, esta unión manifiesta simbólicamente, aunque no en realidad, el reencuentro del fragmento del Cuerpo de Cristo con la Sangre, para simbolizar la unidad del Cuerpo místico en la vida eterna, la causa final de toda la obra de la redención, que no es indigno de ser recordado en el Viernes Santo.

La «Memoria» que se conserva en los archivos de la Comisión afirma que esta parte del rito absolutamente tenía que ser suprimida, ya que «la existencia de una creencia en la Edad Media de que la mezcla del pan consagrado [sic!] por sí sola en el vino era suficiente para consagrar incluso el vino, provocó este rito; una vez que la Eucaristía fue estudiada con mayor profundidad, se entendió la falta de fundamento de esta creencia. Pero el rito se mantuvo» (106) Esta afirmación se vuelve escandalosa por la ausencia de todo fundamento histórico y por el método científico; e implica consecuencias teológicas bastante profundas. Además, aún no se ha demostrado históricamente que se realizara durante la Edad Media la creencia en discusión. Algunos teólogos pueden haber tenido opiniones erróneas, pero esto no prueba que, de hecho, la Iglesia romana cayó en el error hasta el punto que lo hizo parte de la liturgia con esta precisa visión teológica en mente. En este contexto, se estaría afirmando que la Iglesia romana, consciente del grave error, no quiso corregirlo; uno estaría manteniendo [de hecho] que la Iglesia romana podría cambiar su punto de vista a lo largo de los siglos en un punto que es tan fundamental; y uno también estaría afirmando que podía errar en relación con un hecho dogmático (como la liturgia universal), y desde hace varios siglos. Tal vez se buscó la justificación de la obra de reforma ya iniciada, que pretendía corregir todos los errores que generaciones enteras de Papas no pudieron detectar, pero que el ojo agudo de la Comisión finalmente habría desenmascarado.

No es agradable notar que estas afirmaciones están impregnadas de un pseudo-racionalismo con un sello positivista, del tipo que estaba de moda durante los años cincuenta. A menudo confiaba en el resumen y menos en estudios científicos con el fin de demoler esas deplorables «tradiciones medievales» e introducir «evoluciones» útiles.

(MR 1952): Una parte de la hostia consagrada se coloca en el vino, pero, con gran coherencia teológica, se omite la oración antes de consumir la Preciosa Sangre.

12. (OHS 1956): El cambio de los tiempos para el servicio que se podría haber logrado en armonía con las costumbres populares, acabó creando problemas pastorales y litúrgicos notables.

Comentario: En el pasado, las costumbres y las prácticas de piedad se habían desarrollado de una manera que estaba en consonancia con la liturgia. Un ejemplo común en muchos lugares: desde el mediodía, incluso hoy en día, un gran crucifijo se coloca, frente al cual se predica el Tre Ore [«Tres Horas»] del sufrimiento de Cristo (desde el mediodía hasta las tres en punto). Como consecuencia del cambio en el tiempo para el servicio, uno se enfrenta a la paradoja de un sermón pronunciado ante el crucifijo en un momento en el que el crucifijo debe permanecer velado, porque el servicio del Viernes Santo se llevará a cabo en la tarde. (108) Algunas diócesis, incluso hoy en día se ven obligados a mantener la «Acción Litúrgica» [de la Pasión del Señor] en una iglesia, mientras que en otra se llevan a cabo las antiguas prácticas de piedad, con el fin de evitar una incongruencia visual demasiado obvia. Numerosos ejemplos similares se podrían aducir. Está claro, sin embargo, que la reforma «pastoral» por excelencia no era «pastoral», porque nació de expertos que no tenían contacto real con una parroquia ni con las devociones y la piedad de las personas – a las que a menudo desdeñaban.

De acuerdo con los reformadores, durante las horas de la tarde se había creado un «vacío litúrgico», y se buscó un intento de remediar esto «mediante la introducción de elementos paralitúrgicos, como el Tre Ore, el Camino de la Cruz, y la Madre Dolorosa». (109) la Comisión decidió, por lo tanto, remediar este escándalo usando el peor «método» pastoral: es decir, cancelando las costumbres populares y sin prestarles atención. El desprecio en este tipo de método «pastoral» olvida que la inculturación es un fenómeno católico muy antiguo. Se compone de una reconciliación, lo más generosa posible, de la piedad a los dogmas, y no de una imposición unilateral de las disposiciones de los «expertos».

(MR 1952): El problema no es una cuestión de tiempos: la liturgia y la piedad se han desarrollado a lo largo de los siglos en una fusión de uno con el otro, sin embargo, entra en conflicto en un antagonismo que es tan inútil como imaginario.

[73] OHS, p. 65.

[74] N. Giampietro, op. cit., p.315.

[75] MR 1952, p. 160.

[76] OHS, p. 64.

[77] MR 1952, p. 171.

[78] N. Giampietro, pp. 304, 305.

[79] MR 1952, p. 164.

[80] OHS, p. 64.

[81] N. Giampietro, op. cit., p. 314.

[82] C.Braga, op. cit., p. 28.

[83] C.Braga, p. 30.

[84] MR 1952, p. 160.

[85] Para el significado que se asigna a estos términos, ver el decreto de la Sagrada Congregación de Ritos de 10 de junio 1948, en Acta Apostolicae Sedis, XL, 1948, p. 342.

[86] Añadiríamos la evidencia (a nivel de la historia de costumbres populares) de los misales que pueden ser consultados o los folletos de “Ordo”; aparecen en este punto correcciones escritas a mano o pequeños trozos de papel que recuerdan el celebrante, sin obligarle a comprar otro misal, de las innumerables correcciones a las oraciones hechas en varias etapas, comenzando con la década de 1950 – una señal inequívoca de una liturgia, si se pudiera autorizar la expresión «de permanente evolución».

[87] C. Braga, op. cit., p. 30.

[88] Ibid.

[89] A.Bugnini, “Le nuove orazioni del Venerdì Santo,” in L’Osservatore Romano, marzo 19, 1965.

[90] MR 1952, p. 169.

[91] OHS 1956, p. 78.

[92] C. Braga, op. cit., p. 30, 31.

[93] MR 1952, 171.

[94] OHS 1956, 82.

[95] C. Braga, op. cit., p. 28. Una confirmación de esta aversión por parte de algunos miembros de la Comisión para la expresión «sepulcro» puede encontrarse en N. Giampietro, op. cit, p. 312.

[96] MR 1952, p. 174.

[97] OHS 1956, p. 82.

[98] MR 1952, p. 174.

[99] OHS 1956, p. 83.

[100] C. Braga, p. 18.

[101] MR 1952, p. 175.

[102] OHS 1956, p. 83.

[103] N. Giampietro, op. cit. , p. 297.

[104] MR 1952, p. 174.

[105] OHS 1956, p. 83.

[106] N. Giampietro, op. cit., p. 297.

[107] MR 1952, p. 176.

[108] OHS 1956, p. iv.

[109] N. Giampietro, op. cit., p. 314.

Fuente del texto: aquí

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Liturgia Viernes Santo Pre-1955



Addenda: Oficio de Tinieblas del Viernes Santo (anterior a 1955)