viernes, 2 de abril de 2021

Todo está cumplido


 * * * * * * *

De San Agustín: 

1 - "Me protegisteis, Dios mío, contra la conspiración de los malvados y contra la multitud de los que obran la iniquidad”. Contemplemos ahora al que es nuestra Cabeza. Muchos mártires padecieron también tormentos semejantes; pero sobre todos resplandece el que es la cabeza de los mártires. En Él vemos mejor lo que ellos padecieron. Fue protegido contra la multitud de los perversos; protegióse Dios a sí mismo, protegiendo a su propia carne y a la humanidad que había asumido, porque es juntamente Hijo del Hombre, e Hijo de Dios. Hijo de Dios por la naturaleza divina; Hijo del hombre por la naturaleza de siervo, teniendo poder para dar su vida, y para volverla a tomar. ¿Qué le pudieron hacer los enemigos? Le quitaron la vida del cuerpo, pero no la del alma. Consideradlo bien; habría sido poco para el Señor exhortar a los mártires de palabra, si no les hubiese fortalecido con el ejemplo.

R. Como a un ladrón, salisteis a prenderme con espadas y palos.

* Cada día estaba entre vosotros en el templo, y no me prendisteis y he aquí que, azotado, me lleváis a crucificar.

V. Y como hubiesen prendido a Jesús, y le detuvieran, les dijo.

R. Cada día estaba entre vosotros en el templo, y no me prendisteis y he aquí que, azotado, me lleváis a crucificar.

2 - Sabéis ya cuál era la conspiración de los malignos Judíos, y cuál era la multitud de los que obran la iniquidad. ¿Qué iniquidad? No otra sino la de querer dar la muerte a nuestro Señor Jesucristo. “Tantas obras buenas, les dijo, os he mostrado: ¿por cuál de ellas queréis darme la muerte?”. Acogió con paciencia a todos sus enfermos, curó a todos sus dolientes, les predicó el reino de los cielos, no guardó silencio sobre sus vicios, a fin de inspirarles el horror de estos vicios y no el odio del médico que les curaba. Pero, desagradecidos a todas estas curaciones del Señor, frenéticos como en un exceso de fiebre, delirando contra el médico que había venido a curarles, maquinaron el medio de perderle; como queriendo probar de este modo si era realmente hombre que pudiese morir, o si en Él había algo superior al hombre, que le eximiese de la muerte. Por el libro de la Sabiduría de Salomón conocemos su palabra: “Condenémosle, dicen, a la muerte más afrentosa, pues que según sus palabras será Él atendido. Si en verdad es el Hijo de Dios, éste le librará”.

R. Después que los Judíos crucificaron a Jesús, sobrevinieron densas tinieblas; y cerca de la hora nona Jesús exclamó con gran voz: Dios mío, ¿por qué me habéis desamparado?

* Y habiendo inclinado la cabeza, exhaló el espíritu.

V. Clamando Jesús con gran voz, dijo: Padre, encomiendo mi espíritu en tus manos.

R. Y habiendo inclinado la cabeza, exhaló el espíritu.

3 - "Afilaron sus lenguas como una espada”. No digan los judíos: “No dimos la muerte a Cristo”. Le entregaron al juez Pilato para significar que no eran responsables de su muerte. Al decir Pilato: “Quitadle vosotros la vida", respondieron: “A nosotros no nos es lícito matar a nadie”. Querían que se imputase la atrocidad de su delito al juez; pero ¿engañaban a Dios que también es juez? Pilato fue cómplice, pero mucho menos culpable que los judíos. Insistió cuanto pudo para librarle de sus manos; por esto, después de azotarle, le puso a la vista de ellos. No mandó azotar al Señor para atormentarle, sino para satisfacer el furor de los Judíos, para que viéndole azotado, se aplacasen, y desistiesen de pedir su muerte. Pero obstinándose ellos, se lavó las manos, y dijo que no era él quien le condenaba, y que era inocente de su muerte. Y le sentenció a muerte. Si él fue reo, porque le condenó, aunque con repugnancia ¿serán inocentes los que le obligaron a hacerlo? De ningún modo. Pilato sentenció a Jesús, y le mandó crucificar, y se puede decir que le dio muerte. Pero vosotros, judíos, le disteis la muerte. Y ¿cómo le matasteis? Con la espada de la lengua, ya que afilasteis vuestras lenguas. ¿y cuándo le heristeis, sino cuando clamasteis: Crucifícale, crucifícale?

R. Entregué mi alma muy amada en poder de los inicuos; y el pueblo que era mi heredad, fue para mí como un león en la selva, el enemigo dio voces contra mí, diciendo: Juntaos, y apresuraos a devorarle; me pusieron en un desierto solitario, y lloró por mí toda la tierra;

* Porque no se halló quien quisiera reconocerme y ampararme.

V. Se levantaron contra mí hombres sin piedad, y no perdonaron mi vida.

R. Porque no se halló quien quisiera reconocerme y ampararme.

(sin Gloria)

R. Entregué mi alma muy amada en poder de los inicuos; y el pueblo que era mi heredad, fue para mí como un león en la selva, el enemigo dio voces contra mí, diciendo: Juntaos, y apresuraos a devorarle; me pusieron en un desierto solitario, y lloró por mí toda la tierra; * porque no se halló quien quisiera reconocerme y ampararme.

(Del Oficio de Tinieblas - Viernes Santo - Breviario Romano)

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